En Venezuela, la situación tiende a empeorar, en la medida en que el gobierno de Nicolás Maduro se atrinchera en la retaguardia de su aparato militar/paramilitar, sin ofrecer a la oposición política y a la población descontenta alguna alternativa que no sea la aceptación llana y simple de una autoridad arbitraria. La convocatoria de una Asamblea Constituyente, rechazada por una parte importante de la sociedad, es la maniobra más reciente de aquella una ruta.
En este contexto no puede descartarse la posibilidad de una virtual guerra civil. De hecho, episodios como el del “pronunciamiento” de un grupo de oficiales y soldados del Fuerte Paramacay el domingo 6 de agosto, refuerzan la evidencia sobre fisuras en la unidad de las Fuerzas Armadas en relación al presidente.
Es sintomático que, en junio, Maduro haya determinado una reestructuración en la cúpula militar, substituyendo a los comandantes del Ejército y de la Marina y al jefe del Comando Estratégico de operaciones de las Fuerzas Amadas, por oficiales considerados más identificados con el régimen que sus antecesores. Al mismo tiempo, retiro al comando directo del Ministerio de Defensa sobre las fuerzas militares y substituyó al comandante de la Guardia Nacional, fuerza responsable por la gran mayoría de las muertes ocurridas en las protestas populares (Nueva Mayoría, 5 de julio de 2017).
El problema se vuelve más serio por el hecho de que el Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea no son las únicas fuerzas armadas en el país, dividiendo esta atribución con la Guardia Nacional, la cual opera como una policía militar subordinada al Ministerio del Interior y Justicia, y la Milicia Nacional Bolivariana (MNB), que tiene un Comando General y Estado Mayor propios.
Más aún que las Fuerzas Armadas, las dos últimas podrían considerarse como los principales pilares paramilitares del régimen de Maduro, inclusive, en función de sus propios efectivos, que suman más de 580 mil hombres, contra 130 mil del Ejército, 25 mil de la Marina (más 11 mil fusileros navales) y 12 500 de la Fuerza Aérea. En abril, Maduro celebró la matrícula del número 500 000 de la MNB, para la cual prometió “un fusil para cada uno”. Aunque se desconozca la cantidad de armamento de los milicianos, se sabe que recibieron los viejos fusiles de asalto FAL desactivados por el Ejército después de la compra de 100 mil fusiles rusos AK-103 por el entonces presidente Chávez, en la década pasada.
En la ocasión, se instaló en el país una fábrica con capacidad para producir anualmente 25 mil fusiles de estos, gran parte de los cuales se destinaron a la MNB. Oficialmente, la Milicia dispone de piezas de artillería ligera, lo que sugiere un considerable nivel de adiestramiento de sus efectivos.
Por otro lado, tanto el régimen de Maduro como sus opositores, dentro o fuera del país, estén encuadrando la crisis venezolana en el marco ideológico de un espejismo de la Guerra Fría que la Historia ya dejó atrás.
Para Maduro y sus simpatizantes, incluyendo los externos, es más fácil y cómodo presentar el embrollo como parte de una ofensiva “imperialista” contra el régimen chavista. En paralelo, muchos opositores, incluidos también los externos, se empeñan en rotular al régimen como una manifestación tardía de un “castrocomunismo” o etiquetas parecidas, sin preocuparse en apuntar las grandes diferencias entre el régimen creado por Chávez y el de su ídolo Fidel Castro.
Lo que consta es un régimen que desperdició el momento para sentar las bases de la industrialización del país, condición sine qua non de la independencia y soberanía nacional, y ahora, se empeña apenas en su mera preservación. De hecho, Chávez, que gobernó de 1999 a 2013, no se esforzó lo suficiente o no logro utilizar un período ampliamente favorable de precios elevados de petróleo, para promover una más que necesaria diversificación de la economía venezolana, extremadamente dependiente de las exportaciones de hidrocarburos. Carencia que es en gran medida, responsable por la escasez de productos básicos que ha sido uno de los mayores tormentos de la población.
Ahora, sin su creador, más que un “socialismo del siglo XXI”, el régimen chavista se asemeja a una variante pos-moderna del nacional-socialismo, inclusive, por el recurso de una base de sustentación paramilitar.
Evidentemente, la transición hacia un pos-chavismo, que será inevitable de una manera u otra, no debe implicar el retorno a un escenario del status quo ante, en que una reducida casta oligárquica de compradores y agentes “angloamericanizados” repartían las cartas en el país, en detrimento de los intereses de la vasta mayoría de la sociedad. El problema es que el reflejo de la Guerra Fría, ofusca a ambos lados, y en la obstinación de la preservación de privilegios por los detentadores del poder, se combinan para dificultar al extremo este pasaje necesario.

Português
Msia Informa
