El núcleo duro del Establishment oligárquico estadounidense, identificado por este informativo como “gobierno mundial” o, como cada vez se utiliza más, “Estado profundo” (Deep State), está determinado a bloquear cualquier perspectiva del gobierno de Donald Trump para un entendimiento estratégico con Rusia, lo cual es fundamental para la preservación de su agenda hegemónica y belicista.
La maniobra más reciente en este sentido, fue la aprobación por el Congreso, por arrolladora mayoría (98 a 2, en el Senado, y 419 a 3, en la Cámara de Diputados), de un nuevo paquete de sanciones contra Rusia, que incluye penalizaciones contra empresas extranjeras involucradas en negocios con el país (se incluyó también a Irán y Corea del Norte, pero el principal objetivo es claramente la Federación Rusa). La proporción de votos anula anticipadamente cualquier posibilidad de un veto residencial hacia la nueva legislación, y en términos prácticos, entierra o dificulta mucho las pretensiones de Trump en cuanto a una normalización de las relaciones con Moscú. De hecho, Trump ya anunció que está de acuerdo con la ley.
Con esto, el Congreso prácticamente secuestra de la Casa Blanca la prerrogativa presidencial de establecer las directrices de la política externa, en lo que algunos observadores consideran como un virtual golpe de Estado institucional, apoyado por la continua alharaca mediática en torno a la supuesta –y no comprobada- interferencia rusa en las elecciones norteamericanas.
Además, las sanciones implica una escalada que, con las inevitables respuestas rusas y las provocativas acciones y maniobras militares que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) viene realizando en el entorno de la Federación Rusa, crean un escenario de tensiones del cual no puede excluirse la posibilidad de un conflicto global de grandes proporciones, por accidente, provocación o un acto deliberado.
En entrevista a la red RT del 30 de julio de este año, el economista y ex-subsecretario del Tesoro Paul Craig Roberts, veterano conocedor del submundo político de Washington y crítico de los belicistas, no ahorra palabras para describir el peligro de la situación:
“Esta ley es extremadamente peligrosa por dos razones principales. Una, ella impide que el presidente Trump algún día pueda normalizar las relaciones con Rusia y, como todos sabemos, hoy las tensiones son muy grandes. En mi opinión, son mayores de lo que jamás estuvieron durante la Guerra Fría. La otra razón por lo que ella es extremadamente peligrosa es la presión económica que pone sobre Rusia –porque está planeada para substituir las ventas de gas natural ruso a Europa, por ventas estadounidenses. Así, se perjudica al rublo, perjudica a la economía rusa y aumenta el aislamiento de Rusia en Europa. Este es el tipo de presión económica que lleva a la guerra (…) Cuando usted tiene malas relaciones entre potencias nucleares como Rusia y los EUA, la posibilidad de que alguna cosa salga mal es extremadamente alta”.
En el mismo tono habló el ex-diplomático británico Craig Murray, igualmente un crítico férreo de las maquinaciones hegemónicas anglo-americanas.
“Es desafortunado que lo que parece unir bastante a la clase política estadounidense sea la rusofobia, el deseo de reiniciar la Guerra Fría, en términos de una manera de manejar las relaciones diplomáticas (….) Hay intereses por detrás de esto: la industria de seguridad y la industria armamentista, en particular, están sedientas de reiniciar una nueva Guerra Fría. Cuando se mira hacia las acciones de los políticos, debemos siempre mirar hacia las acciones que están pagando y patrocinando los políticos. (…)
La respuesta del Kremlin no se hizo esperar. Inmediatamente, el presidente Vladimir Putin anunció que los EUA tendrían que reducir el número de diplomáticos de su embajada en Moscú, de los actuales 1550 a no más de 455, el mismo número de funcionarios rusos en Washington. En entrevista dijo:
“El lado estadounidense, hizo un movimiento que, es importante observar, no fue provocado en nada, para priorizar las relaciones ruso-estadounidenses. Restricciones ilegítimas, intentos de influenciar otros Estados del mundo, inclusive aliados nuestros, que están interesados en desarrollar y mantener relaciones con Rusia. Hemos esperado por un tiempo bastante largo, que ocurriera alguna cosa que cambiase para mejorar, teníamos esperanzas de que la situación cambiase. Pero parece que esta no va a cambiar, en el futuro próximo. (…) Yo decidí que para nosotros llegó la hora de mostrar que no dejaremos nada sin respuesta (RT, 30 de julio de 2017).
Sin embargo, es posible que la iniciativa del Congreso haya representado la proverbial gota de agua en la tolerancia europea ante los abusos estadounidenses. En Alemania, en especial, hay una creciente inconformidad con las medidas de Washington, que se muestran cada vez más perjudiciales a los intereses locales. De hecho, la nueva ley parece haber sido elaborada teniendo a la vista la ampliación del gasoducto ruso-alemán Nord Stream, crucial para las intenciones alemanas de consolidar al país como un polo de distribución de gas natural ruso hacia Europa lo que contraria las pretensiones estadounidenses de de poner su gas más caro de esquisto en el Viejo Continente.
Las sanciones servirán también a la facción radical del Establishment como una contramedida al cierre del apoyo ostensivo de los servicios de inteligencia estadounidenses a los grupos armados que combaten al gobierno de Siria, anunciado por la Casa blanca al mismo tiempo que el Congreso aprobaba la nueva ley.
Posiblemente, Trump aprovechó la oportunidad ofrecida por la revelación en la prensa de la colosal operación controlada por la CIA, denominada Sycamore Timber (Red Voltaire, 18 de julio de 2017). Pero el hecho es que la medida tendrá gran influencia en el escenario del conflicto, en el cual las fuerzas de Damasco ya detentan la iniciativa estratégica.
No obstante, un desarrollo positivo del conflicto sirio, perspectiva que parece cercana, significará un duro golpe a los belicistas. Primero, por el fracaso de su agenda de “cambio de régimen”. Segundo, por el hecho de la intervención de Rusia, al frente de una coalición que incluye a Irán y al Hezbollah libanés, enemigos jurados también de los “guerreros de oficina” de Washington, ha sido un factor fundamental que impidió una victoria de los yihadistas, que parecía inminente hace dos años.
Resta ver si Trump se dispondrá o tendrá condiciones de aprovechar tales oportunidades, para reducir la presión de la camisa de fuerza impuesta por sus opositores.
En esencia, el escenario estratégico, considerando tanto las reacciones europeas a las nuevas sanciones, como la conclusión del conflicto sirio, no favorece los ilusorios planes de los pirómanos estadounidenses para la preservación de la hegemonía unipolar obtenida en el periodo pos-Guerra Fría, puesta en jaque por el inexorable surgimiento del eje euroasiático como una alternativa más dinámica y atractiva para la reconfiguración del orden del poder mundial, que está en curso.

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