Por qué la oligarquía financiera teme a las Fuerzas Armadas de Brasil

En medio del caos institucional y la depresión económica sin precedentes en la historia de Brasil, que conduce al desprestigio de las instituciones políticas, la revista The Economist, lanzó un mal disfrazado ataque a las Fuerzas Armadas nacionales. Dado que la institución armada representa tanto la institución de mayor confianza entre la población, como la última garantía de estabilidad, debidamente manifestada por altos oficiales en los últimos meses, el artículo del principal heraldo de la oligarquía financiera basada en la City de Londres, indica algo que va más allá de los argumentos expuestos en el texto.

El artículo titulado “Procuram-se inimigos» (Se buscan enemigos), reproducido por el periódico O Estado de São Paulo en su edición del 7 de julio pasado, en realidad fue elaborado para menoscabar el papel histórico que han jugado los militares brasileños. Estos, de acuerdo a la visión oligárquica de la revista, deberían resignarse a las funciones de una mera guardia nacional encargada de mantener el orden interno, o más específicamente, actuar como la proverbial guardia pretoriana, para resguardar la política económica neoliberal que se ha aplicado en el país por los sucesivos gobiernos desde la década de los 1990s; gobiernos directamente responsables del crecimiento de la injusticia social, raíz de las turbulencias políticas de los últimos años, con sus inevitables repercusiones en la seguridad pública. El panorama se obscurece aun más si se agrega el embate contra los valores de la familia promovidos en diversos programas gubernamentales.

El argumento central del texto puede resumirse de la siguiente manera: Debido a las dificultades financieras enfrentadas por el país en los últimos decenios, la institución armada ha perdido paulatinamente su capacidad operativa ya que con los escasos recursos que les destina el presupuesto nacional, apenas puede pagar los salarios, y sus proyectos de alta tecnología se han paralizado. De la misma manera, “ante la ausencia de vecinos beligerantes o insurrecciones armadas, y sin cultivar ambiciones en el exterior”, el articulo reproduce una frase del ministro de Defensa Raúl Jungmann, según el cual las Fuerzas Armadas “no exhiben los atributos militares clásicos”.

No obstante, el móvil de la arremetida es que las Fuerzas Armadas no aceptan ese designio y continúan actuando como las depositarias de la defensa de la soberanía, insistiendo en su deber de proteger fronteras y recursos naturales, para lo cual exigen que su misión institucionalizada sea respetada:

“Brasil quiere disponer en el futuro de poderío militar suficientemente disuasorio para ahuyentar extranjeros que codicien sus recursos naturales (…) La alta jerarquía militar dice que en las condiciones actuales –con una tropa de baja calidad, mal equipada, ejecutando con frecuencia cada vez mayor funciones de rutina policiales- las Fuerzas Armadas brasileñas no pueden cumplir los objetivos que les son atribuidas por las autoridades civiles”, se queja el artículo.

Más adelante, el articulo insiste en que “…los militares desean para sí un papel muy diverso”. Una versión preliminar de un documento del Ejército menciona muy poco las “amenazas específicas”, pero se extiende largamente sobre las “capacidades deseables”. Brasil necesita fundamentalmente proteger sus riquezas naturales, propone el texto. Y agrega, “reorganizar a las fuerzas armadas con base en esa prioridad es una tarea formidable. Antes que nada el país tendrá que fortalecer su capacidad policial”.

No es la primera vez que el equipo de inteligencia de The Economist se preocupa con la doctrina del binomio seguridad y desarrollo que cultivan las Fuerzas Armadas brasileñas. En septiembre de 2010, uno de los blogs de la revista difundió una diatriba anónima intitulada, “¿Para qué sirve el Ejército de Brasil?”. La nota fue publicada en la víspera de la realización de un seminario sobre el futuro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), promovido en Lisboa por el Instituto de la Defensa Nacional de Portugal. Entonces el que fuera ministro de la Defensa, Nelson Jobim rechazó contundentemente la propuesta de la extensión de las actividades de la OTAN al Atlántico Sur, un criterio crucial y sistemático de las Fuerzas Armadas brasileñas desde la Guerra de las Malvinas de 1982, cuando debido al apoyo de los EUA a Gran Bretaña se destruyó el Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca (TIAR), que era el sustento de la seguridad hemisférica desde el final de la II Guerra Mundial.

La avanzada del Nuevo Orden Mundial

A partir de ese momento, los estrategas anglo-americanos, maquinaron un nuevo arreglo de seguridad hemisférica unilateralmente enganchado al Pentágono. En 1982, el tema de la denominada desmilitarización del continente se convirtió en el caballo de Troya del Dialogo Interamericano, entidad creada bajo el patrocinio conjunto del Departamento de Estado y de la familia Rockefeller; sus fundadores se jactaban en reunir a personalidades de todos los países de las Américas, de diversos tintes ideológicos con el objetivo de forzar la conversión de las pautas elaboradas en Washington en políticas gubernamentales. Algunos de los conversos se tornaron jefes de Estado o altos funcionarios de gobierno. En el campo militar, utilizando el pretexto de someter a las Fuerzas Armadas al poder civil, se escondió la pretensión de quitarles su misión histórica en la defensa de la soberanía y la integridad territorial, y en casos como los de Argentina y Brasil, obstaculizar el desarrollo de tecnología de punta. En Brasil, el programa fue aplaudido por el presidente Fernando Henrique Cardoso, miembro fundador del Diálogo Interamericano.

En la década de los 1990, tal ofensiva fue uno de los ejes del Nuevo Orden Mundial inaugurado por el presidente norteamericano George H. Bush con la Guerra del Golfo, en 1991. Aunque su ejecución ha sido variada, sobresale el estrangulamiento deliberado o forzado, de los presupuestos destinados a las Fuerzas Armadas; los entes que si han tenido sus recursos financieros reforzados han sido las ONG, depositarias de las campañas contra los militares, y en el caso de Brasil las dedicadas a asuntos ambientales que han hecho de su causa una cruzada contra el desarrollo de varias regiones ricas en recursos naturales,

Otro frente de la desmilitarización ha tenido como finalidad cambiar los currículos de las escuelas de formación militar, para meterlos en la cintura de lo políticamente correcto, donde sobresale una concepción ad hoc de los derechos humanos, en un intento de borrar la memoria histórica de la fuerza armada.

Contra tal amenaza, no es posible una respuesta en el ámbito militar clásico. Por ese motivo el Comandante del Ejército brasileño, general de Ejército Eduardo Villas Bôas se ha referido a un “déficit de soberanía” más que nada en la estratégica región amazónica, asunto al cual las Fuerzas Armadas le dan la mayor atención.

La lógica que se mueve por detrás del texto de The Economist puede ser aquilatada en una antigua entrevista de los mega-especuladores internacionales Paul Soros, hermano de George Soros, y Gerard Manolovici, director ejecutivo del Soros Fund Management. En la entrevista publicada como una inserción pagada de página entera en el New York Times del 28 de septiembre de 1993, en el auge de la influencia del así denominado Consenso de Washington, ariete de los programas de desestatización y desnacionalización económica –semejantes a los que actualmente se aplican en Brasil-, los dos manifestaron sin tapujos el odio de los grupos globalistas a las Fuerzas Armadas, debido a sus convicciones nacionalistas.

Tras exigir que Perú y otras naciones de la región entregasen su patrimonio nacional mediante los proyectos de privatización, además de entregar sus bancos centrales y sus políticas monetarias al sistema financiero, Paul Soros demandó:

“Y un tercer marco final es un factor político básico, el control civil de los militares. Cuando se pueda estar seguro de que la influencia militar en el gobierno este firmemente acotada, el valor de cualquier inversión aumenta. En América Latina, siempre que el Ejército, como institución, sea parte de la estructura de poder del país, todas las inversiones sufren un descuento porque esto introduce un factor de inestabilidad. A los inversionistas les gusta la estabilidad”.

De manera que no es casual que las fundaciones de la familia Soros se hayan entrometido hasta el tuétano en el financiamiento de ONG implicadas en las campañas contra las Fuerzas Armadas en los países de Iberoamérica.

Guardianas de la nacionalidad

Para desagrado de esos grupos oligárquicos, las Fuerzas Armadas brasileñas, no únicamente mantienen la confianza entre todas las clases sociales, sino que también han resistido a la agenda desestabilizadora. Repetidas manifestaciones públicas del comandante del Ejército en este año, así lo demuestran.

Por ejemplo en la edición 15 del programa O Comandante Responde, en una entrevista divulgada por el Centro de Comunicación Social del Ejército, en la parte final, después de comentar la activa participación de los militares en acciones de seguridad pública (las llamadas Operaciones de Garantía de Ley y de Orden) indica cuáles son las misiones fundamentales de las Fuerzas Armadas, el general afirma:

“El fundamento moderno de la defensa es el de que las Fuerzas Armadas, además de estar listas para defender la soberanía y la integridad del País, deben estar también en condiciones de atender las demandas y las necesidades de la población. El soldado no se queda en los anaqueles, debe estar siempre empleado al servicios de la nación y de la sociedad a la que el sirve. Pero, además de esto, las Fuerzas Armadas y el Ejército tienen otras tres funciones importantes que cumplir.

“Primero, producir un efecto disuasivo, de ahí la importancia de los grandes programas que nosotros desarrollamos, como el de los blindados, artillería antiaérea, los cohetes; la Marina tiene su programa de submarinos; la aeronáutica tiene el de los cazas. Esta es la finalidad principal de las Fuerzas Armadas: disuadir más que ser empleadas. Entonces, la cuestión de la disuasión demanda que nos estemos adiestrando siempre, preparándonos, modernizándonos, para lograr este efecto de disuasión.

“El segundo aspecto que me gustaría destacar, que es importantísimo para un país con las características del nuestro, es en cuanto a la contribución de las Fuerzas Armadas al desarrollo nacional, tanto en la inducción de la economía directa, por intermedio de empresas y del desarrollo de la ciencia y de la tecnología, en la participación en el área social; lo segundo es respecto a la capacidad que las Fuerzas Armadas tienen de inducir el desarrollo. La defensa de un país será tan más fuerte cuanto más robusta sea en la participación del área económica, del área de a ciencia y la tecnología, del área académica, por ejemplo, en la colaboración de las ideas de defensa del país.

“Y un tercero, y tal vez el más importante, es que las Fuerzas Armadas guardan la esencia de la nacionalidad. La fuerza armada parte de la creación del proceso del sentimiento nacional. Ellas pre-existen al surgimiento del país, a la formación del Estado. Todo agrupamiento humano tiene en su origen aquel grupo resultado encargado del instinto de seguridad colectiva. En la medida en que, en el proceso de evolución, se van incorporando nuevos elementos culturales, se vuelve más complejo, se va formando el embrión de la fuerza armada. Y, como dije, en el momento en que se constituye el Estado y se forma el país, la fuerza armada ya existe.

“Vean, entonces, la íntima conexión que ella tiene con el sentimiento de nacionalidad, de la esencia de la nacionalidad. Nosotros tenemos un proceso histórico peculiar, pero vean que en todos os países de América Latina, los Padres de la Patria eran generales. Entonces no hay manera de disociar la fuerza armada de la nacionalidad. Entonces, avanzando: nosotros tenemos la responsabilidad de ser los guardianes de los principios, de los valores y de los fundamentos de la nacionalidad brasileña. Seguimos preparándonos para el futuro, tanto que, ahora cuando conmemoremos el Día del Ejército (19 de abril), nuestro slogan será “listo para el futuro” –evidenciando que la fuerza armada se basa en sus tradiciones ligadas a la nacionalidad, pero también deben de tener un dinamismo propio, para prepararse y atender las demandas futuras que puedan presentarse. (…)

Con razón los centros del poder mundial no ocultan su nerviosismo.

x

Check Also

De la “revolución molecular disipada” al caleidoscopio político multicultural en Chile

MSIa Informa, 25 de marzo de 2022.- Desde que se inició la campaña que le ...