“No necesita Brasil ser dividido, es mejor unión, progreso y paz”
(Geraldo Amancio, poeta y compositor)
El ex ministro de Defensa y ex presidente de la Cámara de Diputados, Aldo Rebelo encabezó un manifiesto suprapartidario convocando a la unidad nacional para enfrentar la crisis del país, el cual fue lanzado en Brasilia el pasado 6 de julio.
“El manifiesto es suprapartidario, no ideológico, puede ser firmado por miembros de cualquier partido, por nacionalistas, demócratas, izquierda, derecha, centro, patriotas”, declaró el ex ministro, en una entrevista al diario Valor Econômico publicada el 7 de julio del corriente. A continuación lo publicamos en la integra.
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Brasil vive grave y profunda crisis, la cual amenaza su futuro de Nación libre, próspera y soberana. El esfuerzo de nuestros antepasados, sin temer sacrificios ni renuncias para construir el país, está puesto a prueba por la actual desorientación sobre qué rumbos seguir para ampliar la independencia y la autonomía nacional, elevar el bienestar material y espiritual de la población y proteger la convivencia democrática entre los brasileños. Las rupturas operadas en el orden institucional generaron un cuadro de aguda polarización, agravada por la recesión económica, por los altos niveles de desempleo y subempleo, y por la violencia en sus variadas formas. La sociedad se encuentra dividida, desorientada y desalentada, con su agenda pautada por actores e intereses minoritarios e, incluso, antinacionales, ambiente ideal para la proliferación de varias formas de morbidez social, entre estas, la corrupción.
Solamente la unión de amplias fuerzas políticas, económicas y sociales, en torno de una propuesta de reconstrucción y afirmación nacional, puede abrir camino para una superación de la actual crisis. Tal propuesta no puede ser solamente una plataforma de metas económicas y sociales, sino debe buscar su inspiración en el estado del espíritu capaz de movilizar ampliamente los diversos actores la sociedad, con el objetivo común de ver al país progresar, de forma que los beneficios del desarrollo se perciban por todos ellos, llevándolos a sentirse como sus protagonistas activos. Este proyecto exige como presupuesto que la defensa y el desarrollo de Brasil sean el fundamento para asegurar una efectiva expansión de los derechos sociales y de la democracia.
Una elaboración e implantación del proyecto de construcción y afirmación nacional no podrá limitarse a la clase política, sino que tendrán que compartirse por los más diversos segmentos representativos de la sociedad. Esto exige la eliminación de toda suerte de prejuicios motivados por ideologías y maniqueísmos, que se muestran insuficientes y limitados para permitir el entendimiento de la situación. Por encima de todo, se necesita abandonar la engañosa dicotomía entre Estado y mercado, la cual ha servido para enmascarar la captura del primero por coaliciones de intereses particulares, substituyéndola por una eficiente cooperación entre el poder público y la iniciativa privada, en pro del bien común, como ocurrió y ocurre en todos los países que consiguieron enfrentar y remover los desafíos en el camino del desarrollo duradero y sustentable.
Las generaciones que nos antecedieron levantaron material y espiritualmente a Brasil en cuatro grandes movimientos a saber:
- Una formación de base física, la conformación del territorio, del año cero de 1500 y de la originaria Tierra de Santa Cruz, al Tratado de Madrid, en 1750, el cual configuró de forma aproximada las actuales fronteras nacionales e inició el proceso de mestizaje que caracterizó la formación social brasileña;
- La epopeya de la Independencia, consolidada en 1822, representada en las figuras estelares de Tiradentes y José Bonifacio, patriarca idealizador de un proyecto de nación que actualmente guarda gran actualidad;
- La fase de defensa y manutención de la unidad territorial, con Pedro I y D. Pedro II, la cual concluye con la libertad de los esclavos en 1888;
- La República proclamada por Deodoro de Fonseca y consolidada por Floriano Peixoto, la cual tuvo su apogeo en Getulio Vargas y su ambicioso programa de industrialización y modernización del Estado, poniendo en práctica anteriores aspiraciones de los movimientos Sanitarista, Tenientista y de la Nueva Educación. A partir de Vargas Brasil osciló al ritmo de las corrientes vargistas y antivargistas, hasta nuestros días.
Hoy en los marcos de la economía globalizada y con el país en condiciones más favorables que en el pasado, tenemos la misión de iniciar un nuevo proyecto nacional, el quinto movimiento, en tres direcciones y tres objetivos:
- Ampliar la soberanía nacional con el pleno desarrollo económico, científico, tecnológico y de los medios de defensa del país;
- Elevar la calidad de vida del pueblo brasileño, con la reducción de las desigualdades sociales, protección de la infancia y de la maternidad, acceso a educación de calidad, salud y saneamiento básico, combate sin tregua al crimen organizado y valorización de la seguridad pública contra el bandolerismo en todas sus formas;
- Fortalecer la democracia y la tolerancia en la convivencia entre los brasileños, realizando una reforma política que libere a nuestro sistema político del control de intereses corporativos y oligárquicos y asegure el predominio de los grandes debates de los temas nacionales en la esfera pública.
La crisis nacional acontece en medio de un cuadro global de cambio de época, marcado por:
a) El agravamiento de las consecuencias socioeconómicas negativas de la globalización dirigida por las finanzas especulativas internacionales;
b) La alteración del eje geoeconómico mundial hacia Eurasia-Pacífico;
c) El surgimiento de un escenario de poder multipolar, en contraposición a la unipolaridad del período posterior al fin de la Guerra Fría;
d) Nuevas revoluciones científicas y tecnológicas y la rápida introducción de tecnologías innovadoras (Cuarta Revolución Industrial), con profundos impactos sobre las formas de producción de bienes y servicios, niveles de empleos, relaciones laborales, calificación de la fuerza de trabajo y las propias relaciones sociales en general.
Todos estos aspectos tendrán influencia determinante para el necesario proyecto nacional brasileño, que, por su parte, es condición decisiva para ejercer influencia sobre la dinámica global. Por esto, el proyecto nacional brasileño necesita contemplar la importancia continental del país, que ocupa la mitad de América del Sur, representa cerca del 50% de la economía de la región, hace frontera con otros diez países y representa la fuerza motriz potencial para una integración física y económica del subcontinente. Brasil debe asumir definitivamente el papel de liderato benigno y no hegemónico del bloque sudamericano, dándole “masa crítica” para participar de forma eficaz y positiva en la reconstrucción del orden mundial que está en marcha.
Es fundamental que el sistema financiero reoriente sus esfuerzos a estimular y apoyar las actividades productivas. Los títulos de la deuda pública no pueden seguir siendo la inversión más rentable del país, como pasó en el período 2001-2016, muy por encima de cualquier actividad productiva. La aspiración al desarrollo no puede ser bloqueada por los intereses rentistas locales o extranjeros.
La reversión de la desindustrialización que afecta al país es crucial. Brasil ha retrocedido dramáticamente en su capacidad industrial, principalmente en el segmentos de alta tecnología, impactando las capas medias de la sociedad, con la pérdida de empleos calificados y de mejor remuneración. A pesar de la rapidez del proceso, todavía tenemos una de las diez mayores y más diversificadas bases industriales del mundo. Además de recuperar la capacidad productiva, es determinante volver a cualificar todo el sector industrial para enfrentar el desafío de la Cuarta Revolución Industrial, basado en elevados índices de automatización y conectividad, e intensos flujos de innovaciones tecnológicas de punta.
La reanudación del desarrollo brasileño exige una estructuración de cadenas productivas de mayor valor agregado basadas en el conocimiento nacional.
Esto, por su parte, requiere la ampliación de las inversiones públicas y privadas, en todas las dimensiones de la educación y generación de conocimiento y de su aplicación innovadora en la economía nacional, incluyendo el apoyo efectivo y juiciosos hacia la capacitación y elevación de la productividad de las empresas nacionales. El Estado nacional deberá pasar también por una profunda reforma, que incorpore e internalice en sus sistema de controles el principio de incertidumbre que rige el descubrimiento científico y la dinámica de la innovación, de forma de no trabar la actividad de investigación o inhibir la creatividad del emprendedor.
A los alarmantes índices de deficiencias educacionales de la población matriculada en la red de enseñanza, se suma una creciente degradación del ambiente escolar, con un aumento de violencia y el abandono de las nociones de disciplina y jerarquía, sin las cuales el esfuerzo de aprendizaje está condenado al fracaso. La realidad ha demostrado que, además del destino de los recursos, es urgente la reanudación de la cuestión educativa como prioridad central del Estado, que debe protegerla de los vicios del corporativismo, enaltecer el papel del profesor y restaurar su autoridad dentro del aula de clases y en la sociedad.
La agricultura, la ganadería y la agroindustria constituyen activos económicos, sociales, culturales y geopolíticos de gran importancia para Brasil. Incluso enfrentando la fuerte y subsidiada competencia de ganadores y agricultores europeos y norteamericanos, nuestros pequeños, medianos y grandes productores abastecen el mercado interno y ganan cada vez más espacio en el comercio mundial de alimentos. El status de gran productor de granos y proteínas genera para Brasil, además de divisas, creciente respeto en un mundo cada vez más carente de seguridad alimentaria. Brasil debe valorizar social y culturalmente a sus trabajadores, criadores y productores rurales, protegerlos con financiamiento, crédito y seguro, destinar recursos hacia la ciencia, tecnología e innovación para mejorar la productividad de todas las actividades a ellas relacionadas.
Las Fuerzas Armadas son instituciones fundadoras de la nacionalidad y del Estado nacional y cumplen la doble misión de defender y construir el país. Del programa nuclear a nuestra primera computadora, de la investigación espacial, industria aeronáutica y defensa cibernética, las instituciones armadas han cumplido un papel de vanguardia y de pioneras. Cumplen misiones humanitarias socorriendo a los indios y ribereños del Amazonas, víctimas de la sequía en el desierto del noreste sin perder el ethos de organización de combate y de defensa de la Patria.
Por lo tanto, es preciso valorizar y reconocer a las Fuerzas Armadas brasileñas, sus hechos y sus héroes, sus valores, patriotismo y elevado espíritu de generosidad y solidaridad para con la comunidad. Semejante actitud debe tener sentido educativo para una niñez y para una juventud expuesta al ambiente de corrosión de valores de la nacionalidad con que convivimos en el día a día.
La política ambiental debe reflejar un compromiso real con el desarrollo sustentable del país, en lugar de simplemente encuadrarse en agendas formuladas por actores e intereses externos. Entre otras prioridades, deberá enfocar las deficiencias en saneamiento básico, disposición de basura, ocupación irregular de áreas de riesgo y una ampliación de la infraestructura de previsión y respuesta a las emergencias causadas por los fenómenos naturales.
De misma forma, se necesita una urgente redefinición de la política hacia las poblaciones indígenas, haciéndola compatible con el derecho de toda la población a una evolución civilizatoria digna, respetando sus tradiciones culturales y su contribución decisiva para la constitución de la identidad nacional. Solamente así será posible asegurarles una integración gradual a la sociedad nacional, como ciudadanos plenos y aptos a dispensar, eventualmente, la tutela permanente del Estado.
Blanco de presiones y codicia internacional, la Amazonía clama por acciones efectivas de control y afirmación de soberanía sobre su inmenso territorio, y por políticas públicas de estímulo y apoyo a su desarrollo y de protección de sus poblaciones indígenas y ribereñas y de la biodiversidad.
Nuestra producción artística y cultural, en sintonía con los grandes movimientos de la nación, inventó al Brasil a lo largo de su historia. Es importante defender y promover el rico y variado patrimonio cultural e la nación brasileña, su lengua, sus tradiciones y múltiples manifestaciones, su creatividad y su potencial de desarrollo económico, enfrentando las prácticas concentradoras y restrictivas de los grandes conglomerados internacionales de la prensa y del internet.
Brasil debe promover y exaltar la participación de la mujer en la construcción del país y reconocer en nuestros antepasados indígenas, africanos y europeos el relevante papel en la constitución de la Nación y en la formación de la identidad del pueblo brasileño.
La lucha sin tregua contra la discriminación racial en Brasil se impone por la valorización de la herencia y contribución africana en la formación de la cultura y de la identidad nacional brasileña y por la celebración del mestizaje como trazo decisivo de nuestros legado civilizatorio. Debemos repudiar cualquier intento de que se introduzcan en Brasil modelos importados de sociedades que institucionalizaron el racismo en sus relaciones sociales.
El combate a la corrupción debe ser un objetivo permanente de la sociedad y del Estado, pero el país no puede paralizarse con el pretexto de eliminarse un mal que es endémico en las economías de todo el mundo.
Brasil necesita volver a crecer. Esta es la cuestión central. No hay manera de sanear las finanzas públicas sin que la economía crezca y la recaudación tributaria aumente. No hay manera de negar que Brasil necesite de reformas que corrijan distorsiones, eliminen privilegios corporativos, faciliten el empleo y el funcionamiento de la economía. Pero no habrá equilibrio de previsión, si no hay empleo y recaudación. No habrá reforma que convenza al empresario privado de invertir, si no hay perspectiva de demanda. Y para que Brasil vuelva a crecer, el primer consenso a lograrse es que todos se convenzan de esto.
Ningún hombre o mujer de buena voluntad se opondrá a algún sacrificio, si esto significa esperanza para sí y para el futuro de sus hijos. Pero todos debemos ceder en alguna cosa. Son inaceptables reformas que descarguen el peso de ajuste sobre los hombros de los más débiles y protejan los intereses de grupos elitistas que concentran el patrimonio nacional.
Brasil es un país rico, principalmente en recursos humanos. Si todos pudieran compartir del desarrollo de esa riqueza, sería más próspero y feliz. Nadie está en contra de que los más capaces y talentosos se enriquezcan. Nadie está en contra que quien emprenda tenga una justa recompensa por su esfuerzo. Pero Brasil no necesita, no debe y no puede ser tan desigual. Ese es el gran acuerdo que necesita establecerse en la sociedad brasileña. Es en torno de ese trascendente ideal de grandeza nacional y de justicia que deben unirse los brasileños de todas las clases, profesiones, orígenes, condiciones sociales y credos.

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