La amarga lección de la deuda pública griega

Siete años después del inicio de los rescates financieros, Grecia parece estar peor que antes. En 2000, el mercado ya había parado de refinanciar la deuda griega. En seguida, los países de la zona del euro, con una serie de acuerdos bilaterales, concedieron al país préstamos por la cantidad de 52 900 millones de euros. En 2012, se percibió que no sería suficiente. Por esto, el recientemente creado Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (ESM), sucesor del FEEF, lanzó un tercer programa de rescate de 86 mil millones de euros, a cambio de reformas estructurales, en la práctica, un vigoroso programa de políticas de austeridad.

Mes tras mes, después de verificar si se hacían los recortes presupuestarios y que el gobierno declarara su intención de mantener la línea política, se negoció con Atenas el pago de una parte del apoyo financiero. En julio, por ejemplo, se destinarán 7 300 millones de euros para el servicio de la deuda y para evitar un incumplimiento del Estado.

Como resultado, de los 340 mil millones de la deuda griega, la mitad está en manos de FEEF y del MEE.

La responsabilidad por este estado de cosas ¿es exclusiva de Atenas? ¿Estas políticas de ayuda y austeridad impuestas al país son válidas? ¿El mecanismo de estabilidad fue una receta incorrecta?

Recuérdese que al final de 2010 la deuda griega se ubicaba en 148% del PIB, que era de casi 220 mil millones de euros. El desempleo era de 12.5% y el 27.6% de los griegos vivían abajo de la línea de pobreza. Pues los números más recientes informan que la deuda pública aumentó hasta llegar al 183% del PIB, que, sin embargo, cayó a 186 500 millones de euros. El desempleo se encuentra en un 26% y el porcentaje de pobres llegó al 34.6% de la población.

De la crisis inicial, agravada por las políticas de consolidación fiscal y austeridad, se llegó a una depresión económica. En cuanto a eso, la ayuda de la Unión Europea (UE) ha servido, principalmente, para cubrir los intereses de la deuda con los bancos y, en parte, para garantizar una inestable red de apoyo social.

¿Qué tiene que pasar para que Bruselas, Berlín y Atenas admitan que semejante política fracasó y no puede seguir?

Por su parte, el Fondo Monetario Internacional (FMI) no da respuestas concretas, limitándose a estimar que, hasta el 2060, la deuda pública griega podría llegar al 260% del PIB.

Lo absurdo, no obstante, es que, a pesar del achicamiento del presupuesto del Estado, la austeridad resultó en un superávit primario de casi 3 500 millones de euros. Si no se considera el pago del servicio de la deuda, ¡Atenas tendría más entradas que salidas financieras!

Parece evidente que, de esta manera, Grecia no saldrá de la crisis, y, de hecho, está cavando un hoyo todavía más profundo. Para refinanciar su deuda pública, se le obliga a pagar tasas del 6%, en valor aproximado a 18 mil millones de euros por año. Sin embargo ¡la tasa de interés del Banco Central Europeo (BCE) se encuentra cerca de cero! Esto es un verdadero insulto.

Hay que recordar también que, en cuanto a esto, el BCE interviene para sostener los bancos europeos, comenzando por los de Alemania y de Francia, mediante la compra de títulos del gobierno griego que tenían en cartera. De acuerdo con el periódico Financial Times, Frankfurt gastó nada menos que 40 mil millones de euros en la compra de títulos griegos en bancos con un valor nominal de 55 mil millones. Es decir, el BCE hizo un “favor” a los bancos, toda vez que el valor del mercado de estos títulos era mucho menor.

Se trata de una espiral sin fondo, pero no infinita en el tiempo. Puede ser que se “cierre” con un eventual incumplimiento soberano de Grecia, y el inevitable contagio sistémico para el resto de Europa o, lo que sería una opción más deseable, por una decisión europea de lidiar con la emergencia de la deuda y una recuperación de la economía, sin importar el fardo de la austeridad.

Parece inevitable la cancelación y/o congelamiento de parte de la deuda. El restante deberá ser pagado con un aumento de los recursos resultantes de las nuevas políticas de desarrollo, y no con superávits primarios, como hoy ocurre por desgracia.

Grecia, como Italia, dispone de recursos importantes, comenzando por el turismo y la cultura, pero, igualmente, necesita desarrollar también su industria, nuevas tecnologías e investigación. A este respecto, es muy importante para Grecia, pero también para Europa como un todo, la participación activa en la implementación de proyectos e infraestructura relacionados con la Nueva Ruta de la Seda eurasiática. El puerto de Pireo ya se vendió a inversionistas chinos, que, aparentemente, pretenden transformarlo en un gran polo (“hub”).

Sin embargo, sí el Pireo fuera solamente un puerto de tránsito, sería un desperdicio para los intereses griegos y europeos. Si, en lugar de esto, se convirtiera en una palanca de desarrollo tecnológico e industrial, podría convertirse en un factor decisivo para un crecimiento efectivo de la economía griega.

Italia no puede ser indiferente a esto, sino que debe activarse para que el nudo griego sea desatado de forma positiva. Es del interés italiano, ya que es el punto natural de todas las políticas económicas y de desarrollo del Mediterráneo, e inclusive de las de África.

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