Se agota el excepcionalismo que perdió el encanto

A continuación publicamos el editorial del informativo mensual Página Iberoamericana, Vol. 14 No. 6.

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Ningún país había llegado ni cerca del actual poderío militar de los EUA. Tiene más de 800 bases esparcidas en poco más de 70 países y flotas navales que operan en todos los océanos del planeta. Vale una comparación: juntos, el Reino Unido, Francia y Rusia, tienen 30 bases en el exterior, China únicamente una.

Tal poderío cuenta con una estructura de inteligencia sin paralelo, con capacidad de interceptar de 80 a 90% de las comunicaciones electrónicas en todo el mundo, además de capacidad de lanzar ataques cibernéticos contra cualquier sistema de computadoras vinculado a internet.

Esa belicosidad desquiciada, pocas veces justificada por ataques externos reales, tiene su origen en la persistencia de la ideología del “excepcionalismo” profesada por gran parte de sus elites dirigentes –la convicción en la superioridad intrínseca del hombre anglosajón protestante sobre los demás pueblos del planeta, fundamento del determinismo calvinista, aumentado en la interpretación mesiánica del pentecostalismo.

La actual lucha intestina en el ámbito del Establishment oligárquico estadounidense, reflejada en los constantes roces con el presidente Donald Trump, se traba entre facciones que divergen en la forma de mantener el armatoste “excepcionalista”, ante el visible límite al que ha llegado la hegemonía de los Estados Unidos en el periodo de la post Guerra Fría.

Trump tiene de su lado a un grupo lleno de ambición por los buenos negocios, más que por empantanarse en conflictos bélicos permanentes; por ende prefiere un entendimiento razonable con Rusia, China e Irán –sin dejar de contemplar el uso del poder militar según convenga. Aparentemente, ese grupo tiene en la mira una transmutación de la hegemonía, comparable a la ejecutada por la oligarquía británica al inicio del siglo XX cuando se vio forzada a aceptar las limitaciones estructurales en que había caído el Imperio Británico. Debido a esa situación de debilidad copta a sus contrapartes estadounidenses, dando nacimiento al Establishment anglo-americano, que adquiriría su forma actual después de la II Guerra Mundial.

Por otro lado, la facción belicista más radical en la que militan los neoconservadores se aferra a una hegemonía impuesta por mano militar, poderoso grupo para el cual únicamente existen dos tipos de relaciones con el mundo: vasallaje o conflagración.

Pocas veces esa visión del mundo ha sido tan bien sintetizada como en el intercambio sostenido entre la secretaria de Estado Madeleine Albrigth, en 1990, con el entonces jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, general Colin Powell, a cuyas ponderaciones sobre la inconveniencia de una intervención directa en el conflicto de Bosnia, ella replicó: “¿De qué sirve tener esa espléndida fuerza militar de la que usted siempre habla, si no podemos usarla?”.

En el momento, el enemigo principal de estos últimos es la Rusia Vladimir Putin, que en una asociación con China, está comprometida en la construcción de un nuevo espacio de cooperación internacional para el desarrollo compartido. La integración físico-económica de Eurasia. No es mera casualidad el que Putin sea un severo crítico del “excepcionalismo”, lo que quedó explicito en un insólito artículo publicado en el periódico New York Times, el 11 de septiembre de 2013, en que advirtió:

“Es extremadamente peligroso fomentar a las personas a verse como excepcionales, independientemente de lo que lo motive. Existen países grandes y pequeños, ricos y pobres, unos con antiguas tradiciones democráticas y otros todavía buscando su camino para la democracia. Sus políticas también difieren. Somos todos diferentes, pero cuando pedimos las bendiciones de Dios, no debemos olvidar que Dios nos creo iguales”.

Últimamente, con relación a los pasos adelantados hacia a un enfrentamiento generalizado en el Medio Oriente, atizado por aquellos belicistas, Putin ha advertido en varias ocasiones que el desenlace sería, evidentemente, catastrófico para todos los involucrados.

En este contexto, Europa podrá dar una contribución definitiva para doblar la página excepcionalista. Sin embargo, sus dirigentes necesitarían admitir las consecuencias negativas de mantenerse encarrilados al programa hegemónico trasatlántico. Y en consecuencia, aceptar que el ahora oscuro futuro de la humanidad tendrá esperanza en la perspectiva de una cooperación constructiva para el desarrollo conjunto, en los términos en que se ha establecido la asociación eurasiática.

Dado que la historia a cada momento nos demuestra que no es determinista, existen evidencias certeras de que el mundo del siglo XXI no tiene espacio para hegemonías, sea cual fueren las ideologías que las sustenten. Por más encantador que el “excepcionalismo” sea para sus adeptos, la dinámica histórica no tiene reversa. Para los EUA y sus aliados, es el momento de aceptar esa realidad: la que el mundo vive un cambio de época, en la cual la fuerza ruda solo encanta a los bárbaros y a los brutos.

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