Las asombrosos acusaciones de que el presidente Donald Trump había compartido indebidamente informes secretos con dos representantes del gobierno ruso, el canciller Sergei Lavrov y el embajador Sergei Kislyak, es un episodio de la campaña orquestada por una rama del Establishment contra el ocupante de la Casa Blanca. El contenido de los argumentos esgrimidos explícita la absoluta quiebra intelectual y moral de aquellos altos círculos de poder, incapaces de admitir que la agenda hegemónica que han llevado a cabo los últimos gobiernos de Washington se termina; pero no están rendidos y maniobran para sabotear la mínima perspectiva de entendimiento entre la Casa Blanca y el Kremlin.
De hecho, después de efectuar concesiones, como la dimisión del consejero de Seguridad Nacional, general Michael Flynn y el ataque con misiles a una base aérea siria, que indicarían que había adoptado la agenda belicista, Trump da señales de que pretende retomar su propuesta de entendimiento con Rusia, en lo que respecta a Siria, previsiblemente, motivando una inmediata y feroz reacción de grupos poderosos.
Después del espectáculo pirotécnico cinematográfico del lanzamiento de misiles de crucero, Trump volvió a la diplomacia. Primero, manteniendo la visita del secretario de Estado Rex Tillerson a Moscú (en contraste con la actitud hostil del gobierno británico que canceló la visita programada del canciller Boris Johnson a la capital rusa), donde fue recibido por su colega Lavrov y por el presidente Vladimir Putin. Luego ocurrió el inédito envío de un alto representante del Departamento de Estado a la reunión de Astana, donde Rusia, Irán y Turquía presentaron una propuesta para el establecimiento de cuatro “zonas de desescalada” de combates en territorio sirio, y el telefonema intercambiado por Trump y Putin, considerado bastante productivo por ambas partes.
El paso siguiente fue la visita de Lavrov a Washington, la cual termino desatando la histeria de los pirómanos estadounidenses, estampada en los periódicos Washington Post y New York Times, los que, citando las proverbiales fuentes de inteligencia no identificadas acusaron a Trump de compartir informes secretos sobre el Estado Islámico (EI).
De poco sirvieron las testimonios del consejero de Seguridad Nacional, general Herbert McMaster, de la vice-consejera Dina Powell y del secretario Rex Tillerson, presentes al encuentro, de que Trump no había discutido con los visitantes ninguna fuente o método de inteligencia específicos –aunque como comandante en jefe de las Fuerzas Amadas tendría ese derecho, especialmente en un esfuerzo compartido contra un enemigo común, como el EI.
Vale registrar que, en la víspera del encuentro, la portavoz del Ministerio ruso de Relaciones Exteriores, la perspicaz Maria Zakharova, había denunciado que la prensa estadounidense estaba preparando una “trampa” para Trump, con la intención de sabotear la reunión.
Para complicar las cosas, Trump enfureció todavía más a sus opositores con la renuncia del director del FBI, James Comey, quien investigaba los alegatos sobre la interferencia rusa en el proceso electoral estadounidense, inclusive, los demonizados contactos de elementos de la campaña de Trump con funcionarios diplomáticos rusos.
El hostigamiento a Trump y la campaña para presentar a Rusia como la amenaza existencial número uno para los EUA contrastan vivamente con el empeño de los lideratos de Moscú, no solamente para una solución definitiva para el conflicto en Siria, sino, principalmente en la construcción de un nuevo marco de cooperación para las relaciones internacionales, ejemplificado por la agenda de integración física-económica de la hinterland euroasiática, en estrecha cooperación con China.
En cambio, los ideólogos y seguidores del “excepcionalismo” estadounidense solamente ofrecen su obsoleta agenda de de siempre –hegemonías impuestas, conflictos, destrucción, desolación, especulación financiera y, falta de una perspectiva positiva para el futuro. Cero de creatividad, sensibilidad y capacidad de encantamiento. No admira que los ojos del mundo se estén volviendo, cada vez más, hacia el Oriente.

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