El ataque a la base aérea siria de Jan Sheirat el pasado 6 de abril, ordenado por el presidente Donald Trump testimonia una vez más que el actual gobierno de Estados Unidos es incapaz de dirigir un programa de política exterior coherente y cooperativo. Según Trump, la embestida fue en represalia por la agresión con armas químicas atribuida, sin pruebas, al gobierno del presidente Bashar al-Assad, en Idlib, dos días antes, en el que murieron más de 80 civiles. En Naciones Unidas, la perturbadora embajadora Nikki Haley llegó al extremo de responsabilizar a Rusia por no haber sido capaz de “controlar” a su aliado Assad impidiéndole que usase ese tipo de armas. Declaraciones similares también fueron hechas por el secretario de Estado estadounidense, Rex Tillerson.
En Europa, el canciller británico, Boris Johnson, fue uno de los más fervorosos apoyadores del ataque de Trump, de inmediato canceló su viaje a Moscú planeado para el 10 de abril, empleando el argumento de que prefería preparar la reunión del G-7 y conversar con el secretario Tillerson sobre lo que se le diría a Moscú. Así como ocurrió en la invasión de Irak, en 2003, cuando el entonces premier Tony Blair fue el ardiente promotor de la intervención contra Saddam Hussein, de nuevo Gran Bretaña se desboca para sacar a relucir su “relación especial” con Estados Unidos. A su vez, el Presidente francés, François Hollande, a dos semanas de las elecciones presidenciales, y la canciller Angela Merkel manifestaron su “indignación” por el ataque químico sirio -del cual no hay ninguna prueba para responsabilizar a Assad.
Nadie debería sorprenderse que Francia y Gran Bretaña –los signatarios originales del colonial Tratado Sykes-Picot de 1916, que rediseñó por completo el Medio Oriente- se hayan mostrado tan firmes al lado de Estados Unidos avalando la exigencia del “cambio de régimen” en Siria. Contra todo lo que se dice, el conflicto sirio nunca fue por la defensa de los valores occidentales; la verdad es que se trata de un conflicto geopolítico, una lucha feroz por el poder, por la influencia y por ventajas energéticas que involucran a Estados Unidos y a sus aliados europeos, a Arabia Saudita, a Turquía, a Rusia, a Irán e, indirectamente, a Israel. La incansable campaña de “cambio de régimen” en Siria está en sintonía con los acontecimientos en Irak y en Libia, donde la guerra provocó un caos (del cual surgió el Estado Islámico).
En la prensa europea, entre ella la alemana, numerosos comentarios se refieren a que el ataque estadounidense fue una operación punitiva “limitada” y, también, un “punto de inflexión”, que podría provocar un peligroso deterioro en la relaciones entre Estados Unidos y Rusia. Moscú, por su parte, reaccionó de inmediato afirmado que la acción era una clara violación del Derecho Internacional, de acuerdo con las palabras del canciller Serguei Lavrov. En tanto, el Ministerio de la Defensa anunció la cancelación de la línea de comunicación directa que había establecido con el comando militar estadounidense para evitar incidentes durante las operaciones aéreas de ambos países en Siria.
Voces escépticas en Alemania
Un programa especial sobre el agravamiento de la situación de Siria fue trasmitido por la red de televisión estatal ZDF, la segunda mayor de Alemania, el 7 de abril. En él, uno de los especialistas invitados fue Michael Lüders, autor del libro recién publicado Die den Sturm ernten: Wie del Westen Syrien ins Chaos sturzte (Quien cosecha la tempestad: cómo Occidente hundió a Siria en el caos – Verlag C. H. Beck, 2017). En él muestra que el cuento occidental favorable al “cambio de régimen” en Siria y a la lucha por los “valores occidentales,” así como a la imagen del Ejército Libre de Siria (Free Syrian Army, FSA), se fundan en información falsa divulgada por la prensa occidental.
Además describe en detalle las diversas operaciones realizadas por la CIA estadounidense contra Siria desde 1949, y los golpes de Estado promovidos en Irán y en Egipto. Para él, a pesar de la naturaleza brutal del clan de Assad, de ninguna manera justifica un “cambio de régimen,” por lo que el apoyo europeo a la conducta estadounidense es una farsa fundada en mentiras. Lüders subrayó en la entrevista que la información disponible sobre el supuesto ataque químico no era suficiente. “Sospecha no es prueba,” dijo, y destacó las ganancias militares obtenidas por las fuerzas sirias. Siendo así, preguntó, ¿por qué Assad haría uso de armas químicas en una situación muy diferente a la de 2013, cuando el régimen estaba contra la pared? Según él, todos los lados están mintiendo en esta guerra y nadie debería adoptar la visión de los que creen en una salida “militar” para el conflicto.
En su libro presenta la investigación del ataque con gas sarín de agosto de 2013, en Ghouta, cerca de Damasco, y presenta la investigación realizada por el periodista Seymour Hersh, suprimida por la prensa estadounidense y publicada tan solo en el London Review of Books. De acuerdo con Hersh, en 2013, los servicios de espionaje estadounidense ya tenían conocimiento de que varios grupos insurgentes producían armas químicas. El 20 de junio, un informe de la Agencia de Información de la Defensa (DIA) informó que el Frente al-Nustra, que recibía apoyo de Arabia Saudita y de Turquía, tenía una sección dedicada a la producción de gas sarín (mismo que sería utilizado dos meses después en Ghouta).
Una evaluación valiosa fue hecha por Markus Kaim, especialista en Medio Oriente del Instituto para Asuntos Internacionales y de Seguridad (Stiftung Wissenschaft und Politik), uno de los más influyentes del país. Él considera que ataque a la base siria, fue un intento de Trump para desviar la atención de varios de sus recientes fracasos en la política interna, como las leyes de inmigración y la política de salud. En el ámbito interno, afirmó, Trump está sometido a fuerte presión y quiere probar que es un “hombre de acción.”
Por otro lado, su política exterior carece de una orientación clara. Durante la campaña electoral apoyó la decisión de Barack Obama de retroceder de una planeada intervención militar, en agosto de 2013. Ya en la presidencia, clamó por el establecimiento de “zonas de seguridad” en Siria y, ahora, ordenó un ataque militar. Kaim resaltó que Rusia recibió un aviso previo sobre el ataque, por lo que los daños fueron mínimos. Él también cree que ambos lados tienen interés en solucionar el conflicto de forma política. Falta ver si, con este nuevo factor “decisivo” –el ataque militar-, la visita del secretario de Estado Tillerson a Moscú, esta semana, aporta una iniciativa favorable al entendimiento, o si Estados Unidos y el mundo se hundirán todavía más en el atolladero del Medio Oriente.

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