Los días 25 y 26 de marzo, 27 jefes de Estado europeos se reunieron en la capital italiana para celebrar el 60 aniversario del Tratado de Roma. El Tratado representó un momento trascendental para la historia de Europa, la que, entonces, se recuperaba de la devastación causada por la Segunda guerra mundial. Los siete signatarios originales fueron Christian Pineau (Francia), Joseph Luns (Holanda), Paul Henri Spaak (Bélgica), Joseph Bech (Luxemburgo), Antonio Segni (Italia) y Konrad Adenauer (Alemania Occidental); y se estipuló que eran entidades del acuerdo: la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comisión Europea de Energía Atómica (Euratom). El texto asentaba que los firmantes estaban “determinados a fundar una unión aún más próspera entre los pueblos de Europa” y que pretendían crear una Europa económicamente más próspera y armoniosa.
Seis décadas después, la Unión Europea (UE) se amplió a 27 estados y, con el referendo del Brexit, por primera vez, un país dejará el bloque, por lo que el Reino Unido no participó de esta última reunión de Roma.
Dos días después de la reunión, el 28 de marzo, la Primer Ministro británica, Theresa May, anunció oficialmente en el Parlamento las condiciones y el plazo en el que el gobierno británico pretende completar las negociaciones para la salida. En esa ocasión afirmó que “este es un momento histórico, del cual no puede haber retorno.” La medida fue acompañada por una carta enviada al presidente de la Comisión Europea, Donald Tusk, en la que se comunicaba formalmente la salida. El plazo establecido para las complicadas negociaciones entre Londres y Bruselas es de dos años, que finalizarán en la primavera de 2019.
En la carta, May afirmó, “Estamos dejando la UE, no Europa. Esta decisión no significa un rechazo de los valores europeos que compartimos como europeos.” Además expresó la esperanza de que, en el futuro, pueda haber entre Londres y Bruselas una cooperación no sólo económica, sino también de seguridad, y que el Reino Unido contempla “un acuerdo de libre comercio ambicioso y decidido con la UE.” En un artículo publicado en el periódico alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung (30/03/2017), May afirmó: “Queremos que Europa permanezca fuerte y rica, que sea capaz de propagar sus valores y asumir un papel de liderato en el mundo.”
Descontento del electorado
La cumbre demuestra que la UE se mantiene firme, a pesar de los nuevos remesones en el horizonte. Entre estos las futuras elecciones presidenciales de Francia, con una posible victoria del Frente Nacional de Marine Le Pen; elecciones en algunos estados federales alemanes, un preludio de las elecciones generales de septiembre, que ya exponen una amplia división del sistema partidista tradicional.
No obstante, la declaración de la cumbre trató de mostrar optimismo, al afirmar que, a la luz de las múltiples dificultades que estaban por resolver –conflictos regionales, terrorismo, presiones migratorias, proteccionismo y desigualdades socioeconómicas- la UE debería fortalecerse mediante la unión y la solidaridad de sus integrantes y del respeto de las reglas comunes: “Actuaremos juntos, a ritmos e intensidad diferentes, donde fuese necesario, en tanto que nos movamos en la misma dirección, como hicimos en el pasado, en consonancia con los tratados, con las puertas abiertas para los que se nos quisieran unir, posteriormente.”
La declaración clama por una UE en la que los ciudadanos se sientan seguros y se puedan mover libremente, y donde las fronteras externas sean seguras. O sea una UE con una política migratoria eficiente, con sentido de la responsabilidad, y respetando las normas internacionales; una Europa determinada a combatir el terrorismo y la delincuencia organizada. Una UE próspera y sustentable, que cree crecimiento y empleos y una Europa social fundada en el crecimiento sustentable, que promueva el progreso económico y social, tomando en cuenta la “diversidad de sistemas nacionales y el papel clave de asociados sociales.”
La declaración insta a combatir el desempleo, la discriminación, la exclusión social y la pobreza, que sea capaz de ofrecer a la juventud una mejor educación y entrenamiento, que le permita encontrar trabajo en todo el continente. Además de esto, pide un Unión “que preserve nuestra herencia cultural y que promueva la diversidad cultural,” así como una Europa más fuerte en el ámbito internacional, con socios en Medio Oriente y en África.
La crisis es también un desafío
En la víspera de la reunión cumbre, el Papa Francisco al recibir a los jefes de Estado y de gobierno que participarían en ella, pronunció un discurso en el que delineó lo qué, a su parecer, debería considerarse el “concepto central de Europa,” e instó a los dirigentes presentes a actuar en el espíritu del legado de los fundadores de la Unión.
“Los padres fundadores nos recuerdan que Europa no es conjunto de normas que cumplir, o un manual de protocolos y procedimientos que seguir. Es una vida, una manera de concebir al hombre a partir de la dignidad trascendente e inalienable y no sólo como un conjunto de derechos que hay que defender o de pretensiones que reclamar.”
En el origen de la idea de Europa, recalcó el Pontífice, encontramos
“La figura y la responsabilidad de la persona humana con su fermento de fraternidad evangélica, (…) con su deseo de verdad y de justicia que se ha aquilatado a través de una experiencia milenaria”
El corazón del proyecto europeo es el propio hombre y vinculado a la idea de Europa está el concepto de “solidaridad.” La voluntad común de Europa, fundada en la “solidaridad,” es más poderosa que la voluntad de las naciones individuales y de los intereses egoístas, como recordaron los padres fundadores. Los padres fundadores fueron conmovidos,
“por el apasionado compromiso en favor del bien común que los ha caracterizado, por la convicción de formar parte de una obra más grande que sus propias personas y por la amplitud del ideal que los animaba. Su denominador común era el espíritu de servicio, unido a la pasión política, y a la conciencia de que “en el origen de la civilización europea se encuentra el cristianismo,” sin el cual los valores occidentales de igualdad, libertad y justicia resultan incomprensibles.”
“Los mismo valores cristianos y humanos que guiaron a los padres fundadores todavía están vivos,” dijo Francisco: el respeto a la dignidad de la persona humana, un profundo sentido de justicia, de libertad, de laboriosidad, espíritu de iniciativa, amor a la familia, respeto `de la vida, tolerancia y deseo de cooperación y paz”.
El Pontífice recordó a los gobernantes las grandes diferencias culturales entre 1957 y la actualidad. Mientras que los padres fundadores pusieron las bases para un periodo que se caracterizó por la “esperanza,” nuestra época actual está dominada por el concepto de “crisis,” cuyos síntomas son: crisis económica, crisis de la familia y de los modelos sociales establecidos, una crisis diseminada de las instituciones y la crisis migratoria.
Sin embargo, observó, toda crisis significa también un desafío y una oportunidad de pensar en la idea original de Europa, el legado de los padres fundadores de Europa y los pilares sobre los que la futura Europa se debería fundar. Estos pilares esenciales incluyen el concepto de “centralidad del hombre,” solidaridad efectiva, apertura al mundo, búsqueda de la paz y del progreso y la apertura al futuro. Esto significa, en general, que “Europa reencuentra esperanza, cuando el hombre es el centro y el corazón de sus instituciones.”
El progreso es el nuevo nombre de la paz
El papa Francisco, continua, la “centralidad del hombre” significa, también, una recuperación del “espíritu de la familia,” por el cual cada uno contribuye libremente al lar común, de acuerdo con sus capacidades y talentos.
Agregó, “Es oportuno tener presente que Europa es una familia de pueblos y, como en toda buena familia, existen susceptibilidades diferentes, pero todos podrán crecer en la medida en que estén unidos. La Unión Europea nace como unidad de las diferencias y unidad en la diferencias. Por eso las peculiaridades no deben asustar, ni se puede pensar que la unidad se preserva con la uniformidad,” dijo el Papa. Lo que podría servir como una nueva orientación, según él, es el concepto de “solidaridad,” que constituye el más efectivo “antídoto para formas modernas de populismo.”
Hace sesenta años, un profundo sentimiento de esperanza inspiró a los padres fundadores de la UE. Hoy, sin embargo, como Francisco observó, correctamente, Europa está marcada por una profunda ansiedad, que, esencialmente, tiene sus raíces en la “pérdida de ideas.” Europa, al mismo tiempo, “tiene un patrimonio de ideas y de principios espirituales único en el mundo,” el cual merece ser nuevamente propuesto con más pasión y vigor renovados, pues representa el mejor antídoto contra el vacío de valores de nuestro tiempo, que proporciona un terreno fértil para cada forma de extremismo.
Francisco se refirió al gran papa Paulo VI, quien en su Encíclica Populorum Progressio –que cumple 50 años– afirmo categórico que “el progreso es el nuevo nombre de la paz.” Este, en su visión, es el concepto relevante para la construcción de una futura Europa. Su consecuencia es que la paz significa, por encima de todo, justicia económica y el respeto profundo de la juventud y de los ideales de los ciudadanos de Europa.: (…) No hay verdadera paz cuando existen personas marginadas u obligadas a vivir en la miseria. No hay paz donde falta trabajo o la perspectiva de un salario digno. No hay paz en las periferias de nuestras ciudades, donde se propagan la droga y la violencia. Europa reencuentra esperanza cuando se abre al futuro. Cuando se abre a los jóvenes, ofreciéndoles perspectivas serias de educación, posibilidades reales de inserción en el mundo del trabajo. Cuando invierte en la familia, que es la célula primera y fundamental de la sociedad. Cuando respeta la conciencia y los ideales de sus ciudadanos. Cuando garantiza la posibilidad de tener hijos, sin miedo de no lograr mantenerlos. Cuando defiende la vida en toda su sacralidad.”

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