A continuación publicamos el editorial del número especial del informativo mensual, Página Iberoamericana, correspondiente a enero-febrero de 2017. Nuestros lectores encontraran en aquella edición, conceptos claves para cimentar un nuevo proyecto nacional, compatible con nuestros valores humanistas.
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La victoria sorprendente de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica, y su conducta histriónica, destemplada contra México y sus ciudadanos, abre, irónicamente, una enorme posibilidad de movilización económica y de unidad nacional. Para comenzar, necesitamos entender globalmente las razones que produjeron este fenómeno.
Primero, es menester asentar que Trump no creó la crisis en que el mundo se sumerge, al contrario, su camino fue pavimentado por la propia dinámica de la crisis: los excesos de la globalización, el libre comercio, el desempleo y la reducción del salario y derechos de los trabajadores debido al outsourcing; el embate moral que conlleva la denominada ideología de género y la imposición de los valores multiculturales y del mal denominado matrimonio homosexual, del feminismo descarriado y el aborto; las falacias de lo políticamente correcto y la amenaza de catástrofes ambientales convertidas en una especie de mesianismo misántropo radical y maltusiano, dirigido contra poblaciones y naciones, propaganda generosamente promovida en los grandes medios de comunicación de masas.
Igualmente, el electorado manifestó la fatiga que conlleva los treinta años de continuas guerras, lanzadas especialmente en el Medio Oriente, lo que ciertamente favoreció, en última instancia, el nacimiento del Estado Islámico (EI) y a la inducción deliberada de migraciones de masas, en un escenario digno de una nueva edad de las tinieblas.
Este es nada menos el panorama dramático que definitivamente marca el final de una época de la civilización humana. No es solo el fin del Nuevo Orden Mundial que arrancó a partir la caída del Muro de Berlín en 1989, ni tampoco el límite de una segunda Guerra Fría sin líneas específicas de contención mutua de las potencias en conflicto. El cambio va más allá. Lo que está en juego es el declive de una potencia hegemónica –los Estados Unidos- imposible de ser sustituida, tratando inútilmente de repetir los acontecimientos cuando frente al declive del Imperio Británico, se gesta el poder Angloamericano en el período inter guerras mundiales. Y esto nos conduce al corazón del problema: el fin ineluctable de un periodo histórico definido por el maniqueísmo calvinista, la predestinación y el excepcionalismo, características todas de la era colonial inaugurada en el siglo XVII.
Siendo el presidente Donald Trump una criatura de la crisis, dista mucho de ser una solución viable. Él representa una nación en declive que rabiosamente quiere restablecer con una inventiva retórica envidiable; grandeza que no vuelve más, por lo menos en la forma que Trump y los lideres pentecostales que lo apoyan conciben. Aceptar un mundo cooperativo multipolar, que el mundo demanda, requiere personajes de mayor estatura para ser dignos de una nueva época histórica.
En relación con México, Trump no está presentando grandes novedades. El muro, ya tiene tiempo que la construcción fue iniciada. En cuanto a los millones de expulsados, posiblemente supere a Barack Obama, hasta el momento el campeón en las deportaciones. Lo que ha causado indignación a los mexicanos es que con su despreciable estilo bárbaro, Trump nos mostró las rejas del cautiverio al que hemos estado esclavizados desde hace 23 años cuando el gobierno de Carlos Salinas de Gortari pactó nuestro sometimiento al TLCAN. Nos descubrimos indefensos al carecer de un sistema financiero y monetario nacional, es decir, un Estado sin el dominio de los instrumentos para el ejercicio pleno de su soberanía. Y más grave aún, descubrimos una elite gobernante sin creatividad ni credibilidad para encabezar la fuerza que convoque a la imprescindible unidad nacional.
Por eso para México, en su propia especificidad histórica, se abre así una nueva época, a la que no conseguiremos arribar tan solo corrigiendo los últimos 23 años del ilusionismo que nos hacía delirar, pensando que caminaríamos directo al paraíso terrenal del primer mundo. Tan solo bastaba con deshacernos de nuestros principios nacionalistas. Igualmente, no basta querer recrear linealmente el sistema político emanado de la Revolución de 1917, ni de la Reforma del siglo XIX. Se tiene que enderezar el tronco y replantar las raíces que nos vieron nacer como nación soberana a partir de los Sentimientos de la Nación, que es el documento fundante del México independiente. Ubicarnos, con esos valores, en el escenario global al lado del resto de las naciones Iberoamericanas que comparten nuestras raíces heredadas por la evangelización y el mestizaje.
Se trata de que Iberoamérica intervenga en la reestructuración del orden mundial. ¿O de qué otra manera México tendrá la capacidad de defenderse ante los embates del norte que ciertamente se originan en el odio a nuestros valores culturales y espirituales? Un repudio ancestral del excepcionalismo norteamericano, que revivió claramente en el siglo XX el geopolítico Samuel Huntington, que en su último libro titulado Who are we? desesperadamente exigió tomar medidas para frenar el contagio de la herencia religiosa y cultural que portan los migrantes hispanos, especialmente los mexicanos. El mismo Trump, con sus diatribas contra México rinde culto al fallecido profesor Huntington.
Para lograr nuestros objetivos nacionales, restablezcamos urgentemente nuestros sistema de crédito y banca sin lo cual cualquier movilización económica nacional es apenas una voluntarismo patriotero fútil.

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