La declaración final de la cumbre del G-20, realizada en Hangzhou, China, trajo la habitual retórica de bellas palabras y buenas intenciones. Ninguna sorpresa. Como de costumbre, los EUA, con el apoyo no siempre entusiasta de la Unión Europea (UE) y de los países europeos, dictaron buena parte del contenido. No obstante, se observó un fuerte contraste con las intervenciones pro-activas y concretas de algunos de los otros actores menos importantes, en el caso, China, Rusia y Japón.
El presidente chino Xi Jinping presentó como contrapunto los grandes proyectos en proceso, como los corredores de desarrollo de infraestructura del Cinturón Económico de la Ruta de la Seda, que conectará al Océano pacífico con el Atlántico y a Europa, y la Ruta de la Seda del Siglo 21, conectando China a India y demás. A propósito, es importante observar que el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura (AIIB, siglas en inglés) ya se encuentra bastante activo, con sus grandes líneas de crédito.
En sus intervenciones, Xi vinculó la implementación de estos grandes proyectos y la construcción de numerosas zonas francas en territorio chino a la intención de hacer del renmimbi una fuerte moneda internacional, como parte de un necesario perfeccionamiento de la gobernanza económica global.
Como quedó claro en el “Esbozo sobre el crecimiento innovador” presentado por China, el programa tiene claramente definidas las áreas prioritarias del nuevo desarrollo global, incluyendo “una innovación, una nueva revolución científica y tecnológica, una transformación industrial, una economía digital y una interconexión de redes de infraestructura”.
Para esclarecer la situación real de la economía productiva china, recordó que en el primer semestre del año, esta tuvo un crecimiento del 6.7%. La escasez de resultados de la cumbre, realizada en la víspera de la reunión de Hanghzou, contó con la presencia del presidente ruso Vladimir Putin, del primer ministro japonés Shinzo Abe y de la presidente de Corea del Sur, Park Geun-hye, además del ex-premier australiano Kevin Rudd.
Allí, Putin reveló su programa más ambicioso, la transformación del Extremo Oriente ruso en el centro del desarrollo socioeconómico del país. Entre los proyectos presentados, se destacan el desarrollo conjunto de un “superanillo” de infraestructura energética conectando a Rusia, China, Corea y Japón, la construcción de infraestructura del transporte euroasiático y regional, tales como los corredores Primorye 1 y 2, que conectaría las regiones chinas del Norte a los puertos rusos, así como la construcción de la sección rusa de la Nueva Ruta de la Seda, que conectaría China hacia Europa.
Igualmente, Putin lanzó a sus interlocutores la idea de crear un centro internacional de ciencia, educación y tecnología, en la Isla de Russky, frente al puerto de Vladivostok, donde también está prevista una gran zona de libre comercio.
Son proyectos concretos de incuestionable importancia, que piden una mayor participación externa, inclusive europea, para acelerar la recuperación del crecimiento global. Para apoyar su implementación, Rusia creó un Fondo de Desarrollo del Extremo Oriente, que concederá préstamos a 5% de interés, menos de la mitad de la tasa de descuento del Banco Central ruso. Además, se firmó también un importante acuerdo con el Japan Bank of International Cooperation, para el financiamiento de proyectos relacionados al puerto de Vladivostok, con la participación de empresas japonesas.
Y, entre otras iniciativas concretas, existe también el fondo de desarrollo ruso-chino para inversiones en la industria alimenticia.
La importancia de las joint ventures ruso-coreanas, en particular en inversiones en Vladivostok, fue destacado por la presidente coreana Park, teniendo en vista la apertura del pasadizo del Ártico de la Ruta Marítima del Norte. También recordó que la política de aislamiento está fundamentalmente equivocada, como demostraron las experiencias del pasado, a ejemplo de la Gran Depresión, cuando el aumento de impuestos de importación por parte de muchos países causó una reducción del 40% del comercio internacional, en cuatro años.
Sin embargo, la intervención política más interesante parece haber sido la del premier japonés Abe, quien afirmó. “Transformemos Vladivostok en la puerta que una a Euroasia con el Pacífico”. En verdad, las relaciones y las empresas conjuntas entre los dos países han sido fuertemente consolidadas, al punto de que el gobierno japonés creó un ministerio específico para la cooperación económica bilateral.
Desafortunadamente, tanto la UE como los países europeos estuvieron totalmente ausentes en Vladivostok, poniendo en evidencia, otra vez, la observación del (ex-premier italiano) Romano Prodi, sobre el actual “momento más bajo del camino de Europa al proceso de armonización entre los Estados”.
En contraste, Japón está dado una gran lección de política, y no solamente económica.
Es claro que, bajo presión de los EUA, Tokio se adhirió a las sanciones contra Rusia, pero como lo demostró en Vladivostok, ahora se mueve de manera independiente.
El continente euroasiático es mitad europeo, como se ve en el nombre. Sin embargo, es legítimo preguntar cuando la Europa se decidirá a emanciparse y asumir el papel que naturalmente le toca, ante los nuevos escenarios económicos y geopolíticos que están surgiendo.

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