Estado Islámico en el juego del choque de civilizaciones ad hoc

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Samuel Huntington, quien acuño el termino «choque de civilizaciones», fue un fiel colaborador de la geopolitica anglo-americana.

Luego del sangriento atentado terrorista de Niza, en la fiesta nacional francesa del 14 de julio, que dejó 84 muertos y más 300 heridos, el presidente François Hollande proclamó que Francia estaba “en guerra”, y en consecuencia el ataque tendría una respuesta militar. Al día siguiente, el Departamento de Defensa de Estados Unidos anunció que la respuesta sería coordinada entre las autoridades militares de los dos países, que ya operan contra los yijadistas del Estado Islámico (EI) en Irak y en Siria. A pesar de que un sitio electrónico asociado al EI haya afirmado que el atacante tunecino era uno de sus soldados, las investigaciones, hasta ahora, no revelan ningún vínculo efectivo con la entidad. No obstante, el 20 de julio, los aviones franceses y estadounidenses desencadenaron un ataque pesado contra la ciudad siria de Manbij, un reducto del EI en el Norte del país, en el que murieron 120 civiles, entre los que predominaban mujeres y niños.

El día 26, luego de otro ataque, en esta ocasión en una pequeña ciudad de Normandía, donde dos jóvenes de 20 años invadieron una iglesia y mataron al sacerdote de 84 años, Hollande reforzó la advertencia, al decir a los franceses que “esta guerra será larga.” A su vez, el primer ministro Manuel Valls fue más preciso cuando afirmó que se trata de “una guerra religiosa.”

No obstante que un gran número de franceses y de europeos están de acuerdo con la apreciación de Valls, el rótulo de “guerra religiosa” para el terrorismo yijadista es engañoso y desorientador. A propósito, vale la pena observar la reacción del Papa Francisco al asesinato del sacerdote francés. En una conversación con los periodistas que lo acompañaron en su viaje a Polonia para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), el Pontífice hizo una esclarecedora advertencia sobre la naturaleza real del conflicto:

El mundo está en guerra, una guerra fragmentaria. Hubo guerra en 1914, con su métodos, después, la de 1939-45, y, ahora, esta. No es muy orgánica (estructurada), pero es organizada, es guerra. Decimos, ¡pero eso es en África! Es guerra. No nos asusta decir la verdad, el mundo está en guerra porque perdió la visión de la paz.

En seguida subrayó:

Hay una palabra que quiero aclarar. Cuando hablo de “guerra,” estoy hablando de una guerra real, no de una “guerra de religiones.” Es una guerra de intereses económicos, de dinero, de recursos naturales y de dominación de pueblos. Todas las religiones desean la paz. Otras personas quieren la guerra (Radio Vaticano, 27/07/2016).

El yijadismo es, en realidad, un subproducto de la monstruosa tesis del “choque de civilizaciones,” elaborada en los años noventas por ideólogos del “establishment” angloamericano del calibre del difunto Samuel Huntington, para justificar la preservación de la colosal estructura militar, de espionaje y financiera construida en la Guerra Fría por Estados Unidos y sus aliados europeos. Luego del derrumbe de la Unión Soviética, cuando la exigencia clara era establecer un nuevo orden mundial justo, la geopolítica del poder mundial optó por un camino contrario y alimentó la carta musulmana, jugada que ha alcanzado las proporciones actuales cuya finalidad es mantener el status quo.

El “pronóstico” de Huntington se fue cumpliendo por etapas. Primero, la flamígera red terrorista Al Qaeda, provino de la experiencia de combate real de los millares de militantes movilizados por los Estados Unidos para combatir al Ejército Rojo cuando Moscú decidió invadir Afganistán, en los años ochentas.

En segundo lugar los estrategas angloamericanos, supuestamente para ensanchar el canto de la “democracia occidental”, se empeñaron en destruir los regímenes seculares de ciertos países clave del mundo árabe, con lo cual abrieron el camino para la penetración y la proliferación de las organizaciones islamistas; esto ocurrió en el Irak de Saddam Hussein, en Libia del inestable Muamar Jadafi y en el intento en curso de la Siria de Bashar al-Assad. Recuérdese que el Estado Islámico, nació de una disidencia de al Qaeda en Irak, país que los yijadistas infestaron luego de la destrucción del régimen de Saddam Hussein por la invasión angloamericana de 2003-08. Libia, en 2011, se transformó en un gigantesco campo de entrenamiento y en una plataforma de lanzamiento para los yijadistas movilizados contra Siria y otros países en la mira de los mentores del “choque de civilizaciones.”

Esa fue, a propósito, una de las conclusiones del devastador “Informe Chilcot,” divulgado a principios de julio por la comisión que investigó la decisión del entonces premier británico Tony Blair de engarzar a su país en la guerra en Irak, secundando la decisión ya tomada por el gobierno del presidente estadounidense George W. Bush. Como afirmara en el Parlamento el líder laborista, Jeremy Corbyn: “La ocupación fomentó un sectarismo letal –según asienta el informe-, que luego se convirtió en una guerra civil. En lugar de promover la seguridad interna o externa, la guerra alimentó y extendió el terrorismo por toda la región”

Parte de la reacción ciega al yijadismo de la mayoría de los líderes europeos, a ejemplo de Hollande, obedece a una patología que acomete al Viejo Continente, cada vez más “descristianizado” y donde el laicismo radical se coloca en contrapunto a los excesos del islamismo. A esto se suma un cuadro económico de casi estancamiento incapaz de ofrecer perspectivas de vida decente a un gran número de jóvenes que entran a la vida adulta, situación que afecta en especial a las comunidades musulmanas mal integradas de las naciones europeas.

En un artículo en el que se comenta el ataque de Normandía, el corresponsal del periódico O Estado de S. Paulo en París, Guilles Lapouge, señala ese dilema:

“En la jerarquía oscura del EI, Francia ocupa el primer lugar. Y hay una explicación para ello. La degollina fue de Francia y de la religión cristiana, lo que, para el EI, es la misma cosa. Nos es casual, o fútil, que, en los comunicados para exhortar sus crímenes, los yijadistas llamen constantemente “cruzados” a los franceses. (…)

“Los combatientes del EI acusan también al país de un pecado inverso: no tener religión. Es necesario para ellos librar la tierra de impíos, como los campesinos deben erradicar los escarabajos y a los insectos dañinos de la tierra.

“Al parecer se trata de una gran contradicción. A los ojos del Estado Islámico el crimen de Francia es ser cristiana y no ser cristiana. ¿Impensable? No. Ese veredicto paradójico no es totalmente falso. Los franceses cada vez son menos cristianos, pero, al mismo tiempo, e paradójicamente, la sociedad francesa, su filosofía, su memoria, su moral, su historia, su poesía, su inconsciente, todo es fundamentalmente, absolutamente, cristiano. (…)

“(…) La integración de esas minorías fue la peor posible. Francia faltó espectacularmente a ese encuentro extraordinario con la Historia. Áspera, irascible, indiferente, dogmática, legalista, aristócrata, nada hizo para facilitar esa adaptación. Así, las periferias francesas, como las belgas, se transformaron en incubadoras de yijadistas. Se fabrican en serie. Y cuando el EI se instaló en Irak y en Siria, un buen número de esos franceses despreciados voló a esos dos países. Con los reveces sufridos por el EI, esos franceses recibieron órdenes de ya no viajar a Siria y que comenzasen a actuar en Francia, en las ciudades y en los pueblos de los cruzados. Orden sórdida y, desgraciadamente, escuchada” (O Estado de S. Paulo, 27/07/2016).

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