Varios ataques terroristas han golpeado a Europa en las últimas tres semanas, impactando su ambiente político y psicológico. Muchos de los ataques fueron inspirados directamente por el Estado Islámico (Daech), y fueron realizados por jóvenes radicalizados mediante el uso de los métodos brutales del ISIS. Otros fueron ejecutados por jóvenes con problemas psiquiátricos, tal como el ocurrido en Múnich, Alemania, el 22 de julio, cuando un joven de 18 años fuertemente armado abrió fuego en el Olimpia Shopping Center.
Por varias horas, Múnich se sumió en una situación de emergencia, en medio de una enorme movilización policial, y por mucho tiempo no estuvo claro cuántos eran los responsables del ataque, si era un grupo o si era un asesino solitario. Lo que contribuyó al pánico y a la confusión general fueron las redes sociales, que trasmitieron fragmentos de “información” –muchos de los cuales fueron útiles, ya que ofrecieron ayuda a las personas que necesitaban de una fuga directa. Sin embargo, esas mismas redes difundieron el caos al dar informaciones falsas a la policía. La consecuencia fue que, por horas, la policía se enfrentó a un enorme esfuerzo para encontrar otros terroristas en la ciudad, como resultado del pánico general.
El ataque de Múnich fue realizado por un adolecente alemán de ascendencia iraní que había estado hace algún tiempo en tratamiento psiquiátrico. Antes de ese atentado ocurrió el bárbaro atentado de Nisa, en el Sur de Francia, cuando un tunecino de 31 años dirigió su camión contra la enorme multitud reunida para celebrar la fiesta del Día de la Bastilla, atentado en el que resultaron muertas 84 personas y heridas otras 200. Luego se supo que el terrorista obedecía a instrucciones del Daech. Poco después. El día 17, en la región alemana de Baviera, un refugiado afgano de 17 años atacó con un hacha y un cuchillo a varios pasajeros durante un viaje en tren. El asesino murió luego de amenazar a un policía en su intento de fuga. Según el periódico Der Spiegel (31/07/2016), el terrorista habría establecido comunicación con un integrante del Daech presente en suelo alemán poco antes del atentado.
El día 24 de julio, un sirio de 22 años, llamado Mohammed Daleel, trató de entrar en el festival Music Open Air, en la pequeña ciudad alemana de Ansbach (Baviera), con una bomba casera unida a su cuerpo. Una vez detenido por la seguridad del festival, el terrorista detonó sus explosivos, que le produjo su muerte e hirió a 12 personas. Según informaciones del Der Spiegel, las investigaciones del atentado apuntan a que el terrorista habría estado en comunicación con una persona del servicio del Daech antes del atentado por medio de internet. Llama la atención que ese refugiado sirio vivía desde hace dos años en esa condición, y tenía que ser deportado a Bulgaria, donde había vivido originalmente. Sin embargo, por virtud de diagnóstico médico que apuntaba “problemas psicológicos,” su deportación se había pospuesto.
Los ataques provocaron un enorme debate entre especialistas en materia de seguridad y policial en Alemania y en Francia, en especial sobre el “nuevo modus operandi” de los terroristas de Daech, que parece usar la inestabilidad mental de los individuos para soltarlos como “lobos solitarios yihadistas.” El efecto que esos atentados han tenido es el de aumentar la confusión y el miedo en la población europea, al tiempo que crece la desconfianza y destruye las bases de la convivencia social. El otro aspecto del problema de cómo lidiar con los refugiados en general, a sabiendas de la entrada de 1 200 000 refugiados a Alemania, entre los que se encuentran, indudablemente, algunos terroristas disfrazados.
Efectos de la ola de asesinatos
Todos estos atentados en Alemania y Francia culminaron con el monstruoso ataque ocurrido en Normandía el 26 de julio. Durante una misa matinal, en una iglesia ubicada en la pequeña ciudad de Saint-Etienne-de-Rouvray, dos jóvenes asesinos al servicio del Daech, ambos franco-argelinos, asesinaron al sacerdote francés de 85 años Jacques Hamel, degollándolo con un cuchillo.
Uno de los hechos más aterradores de ese atentado es que uno de los asesinos, Adel Kermich, de 19 años, estuvo bajo custodia de la policía francesa el año pasado, inclusive usaba un brazalete electrónico y, según fuentes de la policía, había tratado de unirse al Daech en Siria. El padre francés era conocido por la comunidad local por ser un gran defensor de la tolerancia, y por buscar siempre el diálogo con los musulmanes de su región.
En cosa de días, el ambiente se transformó: al tiempo que el gobierno francés imponía el Estado de emergencia por seis meses, además de convocar a la Guardia Nacional de 86 000 reservistas para auxiliar a la policía francesa en la represión de terrorismo, el gobierno alemán activaba una modalidad de “emergencia” y convocaba a una reunión extraordinaria de crisis para monitorear lo que está ocurriendo cada día. Además, entre los círculos de seguridad del país, se ha abordado la necesidad de convocar al Ejército Alemán, el Bundeswehr, en caso de que haya un ataque terrorista de grandes proporciones.
En la investigación policial actual, se ha revelado que en muchos casos se lucha con asesinos jóvenes, refugiados y adolecentes de ascendencia extranjera (en especial procedentes de Siria, Túnez, Marruecos, Afganistán, Argelia), un patrón muy similar a los ataques terroristas de noviembre de 2015 en Francia y Bélgica. Son adolecentes nacidos y criados en sus respectivos países, muchos de los cuales han tratado de unirse al Daech en Siria en años anteriores. En otros casos, se tiene a personas con enfermedades mentales, que pasaron parte de sus vidas jugando juegos de tiro en video “games”, tal como el adolecente de Múnich, que estuvo planeando el ataque por más de un año, y había comprado su arma, una pistola Glock, en un sitio de la internet.
No se puede criminalizar al Islam
En respuesta a la reciente ola de ataques terroristas, el papa Francisco se ha manifestado con claridad. En su viaje a la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de este año, realizada en Cracovia, Polonia, sobre el brutal asesinato del padre Hamel, “expresó dolor y horror sobre esa violencia absurda y sin sentido.”
Además en una conferencia de prensa realizada a su regreso de la JMJ, Francisco fue interrogado por un periodista francés sobre el asesinato de Hamel, y el por qué él nunca habla de Islam, sino únicamente del terrorismo. En su respuesta, el Papa afirmó que no le gusta hablar de la violencia musulmana. Apoyado en lo que ha leído en los periódicos, el Pontífice dijo que habría también violencia perpetrada por católicos bautizados. Si alguien quisiera hablar de violencia islámica, dijo, debería hablar también de violencia católica: “Creo que en casi todas las religiones hay un pequeño grupo de fundamentalistas. Pero equiparar Islam con violencia es equivocado. Los musulmanes quieren la paz, tal y como lo demuestran los debates con el Imán de la Universidad de Al-Azhar del Cairo, Egipto.” El papa destacó que aunque el Islam no es terrorista, el Daech es, efectivamente, un grupo terrorista. Interrogado sobre las medidas para enfrentar ese problema, dijo que el terrorismo está en todo lugar y que crece donde el dinero sustituye al hombre como el centro de la atención general.
En una declaración a la Conferencia de Obispos Polacos, el Papa Francisco identificó algunos de los problemas culturales y religiosos que salieron a la luz recientemente por los ataques terroristas. El Pontífice expresó su preocupación con la “secularización de la sociedad,” es decir, el gran peligro causado por la “descristianización.” En referencia al concepto de misericordia y a la cuestión de cómo ella puede ser la diferencia en una época de problemas sociales y terrorismo, el Pontífice recalcó que el mundo está enfrentando una “Tercera guerra mundial.” El dinero y la explotación está en el centro de los actos humanos en la actualidad, y mientras la riqueza esté concentrada en las manos de una élite muy pequeña, la mayoría de la humanidad sufrirá con su exclusión, con el desempleo entre los jóvenes y la corrupción.
El Papa Francisco calificó el problema que tenemos que enfrentar hoy como un “analfabetismo religioso,” que debe ser derrotado con el idioma de la “mente humana,” “el idioma del corazón”, y por acciones efectivas. Sobre el problema de la emigración, el Pontífice recordó que su padre fue emigrante italiano que se trasladó a Argentina, y que, aunque los tiempos cambiaron, permanece el hecho de que la mayoría de los refugiados de hoy sean aquellos que huyen de guerras, de la explotación y del hambre –que son causado por la corrupción y por ideologías. Cada país, afirmó Francisco, debe ayudar a los refugiados, de forma cristiana y generosa, dentro de sus capacidades.

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