Estado y Mercado; Una contraposición no obligatoria

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Por Mario Lettieri y Paolo Raimondi, desde Roma

El Banco Central Europeo (BCE) decidió relanzar en grande su «flexibilización cuantitativa», con la esperanza de establecer la inflación en 2% y aumentar las inversiones y el crecimiento. La tasa de interés se redujo a menos del 0.4% para los depósitos hechos por bancos vinculados al BCE. La intención es disuadirlos de mantener el dinero «estacionado» en las arcas de Frankfurt, en vez de canalizarlo hacia la economía real.

Su presidente Mario Draghi anunció también nuevos préstamos a los bancos a una tasa inferior al 0.4% por un plazo de cuatro años. En otras palabras, el dinero devuelto será menor que el recibido. Y también quiere colocar entre 60 mil y 80 mil millones por mes para la compra de títulos gubernamentales y corporaciones, lo cual generó críticas por la inclusión de estos últimos.

En verdad, lo que se pretende es seguir con las políticas fracasadas implementadas hasta ahora. Se amplía el esquema, pero se sigue considerando al sistema bancario como la única referencia, ignorando que él está más preocupado en cubrir los huecos presupuestarios que apoyar inversiones y negocios. Los datos y los hechos de los últimos años son reveladores y convincentes. No se trata de una oposición preconcebida, sino de una posición ideológica, basada en una fe ciega en los autoritarismos monetarios y financieros. Se argumenta que las tasas de interés bajas y una liquidez creciente deben direccionarse en automático a financiar las inversiones.

Es la misma actitud ideológica impuesta por las economías dominantes del G-20, EUA, la Unión Europea y Japón. En la reunión de los ministros de Hacienda y presidentes de los bancos centrales del grupo, en Shangai, se tomó la decisión de aumentar las intervenciones en infraestructura, tanto en términos cuantitativos como cualitativos. Los bancos regionales de desarrollo fueron, por lo tanto, invitados a preparar planes ambiciosos y de alta calidad, inclusive, para captar sectores financieros privados, en el sentido de concesión de préstamos a largo plazo en la próxima cumbre. Existe, además, la intención de crear una «alianza global de conexiones de infraestructura».

Las intenciones parecen positivas, aunque preocupe la falta de acciones capaces de concretarlas. Los bancos centrales crean liquidez y esperan que los «mercados» la canalicen hacia las inversiones. El G-20 propone el desarrollo de infraestructura pero se queda esperando a que los «mercados» la financien. Y es lo que sucede si el «dios mercado» no funciona tal y como ha ocurrido en los últimos años.

El liberalismo económico, la última ideología del siglo XIX aún viva – y, por desgracia, hegemónica- nos invita a no intervenir en la economía, dejando solamente al mercado con sus leyes para impulsar la recuperación y restablecer un equilibrio virtuoso. Para muchos, incluyendo a los autores, este no es un camino obligatorio: visiblemente, necesitamos un «pensamiento diferente».

Los ejemplos históricos más cercanos y semejantes al de la crisis global actual nos indican caminos y perspectivas diferentes y alternativas.

Pensemos en el New Deal del presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt, cuando, para sacar al país de la Gran Depresión de 1929-33 lanzó un vasto programa de inversiones en infraestructura y modernización tecnológica. Después de poner en jaque y neutralizar la finanza especulativa, favoreció la creación de nuevas líneas de crédito y nuevos títulos del Tesoro para financiar grandes proyectos utilizando también el vehículo de las instituciones bancarias estatales. En verdad, fue una las primeras experiencias exitosas de asociaciones público-privadas.

El Estado actuaba como guía, el financiador y garante de la continuidad y del éxito de los proyectos, mientras que las empresas privadas, y no solamente las estatales, se involucraban en su implementación.

Hoy, sin embargo, a pesar de casi ocho años de intentos inútiles para sacar la economía y as finanzas globales fuera de las arenas movedizas de la recesión, la palabra Estado sigue siendo un gran tabú. No se trata de proponer un regreso al estatismo omnipresente, sino de buscar soluciones racionales a la crisis global. Si el mercado sólo no basta para apoyar las políticas de desarrollo y crecimiento, es necesario recurrir a los Estados. Además de esto, la planeación económica y la ordenación territorial son atribuciones que caben al Estado.

Cuando se habla de «planeación» muchos piensan luego en los planes quinquenales de los países socialistas, peo pocos recuerdan la «planeación indicativa» del gobierno del presidente francés Charles de Gaulle, o de la experiencia exitosa del IRI (Instituto para la Reconstrucción Industrial) en la recuperación de la Italia de la posguerra. En Francia, la economía dirigista, el plan de orientación en la lucha contra las inevitables tendencias a la burocratización, se empeñaba en agrupar diversos protagonistas económicos y sociales del país, evitando que se pudiesen neutralizar mutuamente. El Comissariat au Plan definía prioridades nacionales y, por intermedio de instancias de concertación, decisión y ejecución, trabajaba para crear una armonía de intereses que superaba las desviaciones corporativas.

Considérese que en los propios Estados Unidos, patria del liberalismo económico vigente, ciertos sectores sensibles, como los militares, todavía son guiados por el estado, con la contribución esencial de empresas privadas de alta tecnología.

En una economía social de mercado, las asociaciones público-privadas deben ser una constante, un complemento para los gobiernos y para los propios operadores privados.

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