El conflicto sirio, que ya arrastra tras de sí cinco años, pudiera estarse acercando a sus momentos decisivos, en la medida en la que la situación en el terreno está obligando a todos los jugadores a mostrar sus cartas, incluso ¡hasta las que tienen escondidas en las mangas! Los acontecimientos de los siguientes días y semanas determinarán si el devastado país tendrá una oportunidad real de poner fin a la sangrienta guerra que le fue impuesta por agentes externos con varios planes propios o, por otro lado, si se despeñará a una conflagración de grandes proporciones que involucraría a la Federación Rusa y a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
El cuadro involucra los siguientes elementos: 1) la perspectiva real de que el Ejército Sirio, con el apoyo de las fuerzas de élite de la Guardia Revolucionaria Iraní, de la milicia libanesa Hizbolah y de las Fuerzas Aéreoespaciales Rusas, actuando en coordinación directa con las fuerzas de autodefensa kurdas, cierren por completo la frontera sirio-turca y corten la principal línea de abastecimiento de los yijadistas del Estados Islámico (EI), del Frente al-Nustra y de otros grupos, los que reciben refuerzos y abastecimientos vía Turquía; 2) la reacción histérica de Turquía y de Arabia Saudita, que se niegan a aceptar la posibilidad real de la derrota de su plan de derrocar el gobierno del presidente Bashar al-Assad y que amenazan ahora con la invasión directa del territorio sirio; 3) la posición ambigua de Washington, que, al lado de Rusia, articuló una tregua en los combates, aunque de cumplimiento todavía incierto, al tiempo que se hace de la vista gorda ante las provocaciones turcas y que sostiene una barrera de propaganda contra Rusia; 4) la actitud determinada de Moscú, que no deja lugar a dudas de que una invasión al territorio sirio que no sea autorizada por Damasco será considerada un acto de guerra al que se responderá en consecuencia.
Las posiciones se comenzaron a definir a principios de febrero, cuando las fuerzas sirias y sus aliados cortaron la carretera que une Alepo con la frontera, lo que cortó las líneas de abastecimiento de los yijadistas que ocupan partes de la estratégica ciudad desde 2013, al mismo tiempo en el que las milicias kurdas de la Unidades de Protección del Pueblo (YPG, por sus siglas en kurdo) ganaban terreno contra el EI en la frontera, y se aproximaban a la estratégica ciudad de Azaz, por la cual pasan las líneas de abastecimiento provenientes de Turquía.
Las reacciones de Ankara y de Riad, que parecen haber sido asimiladas del «excepcionalismo» de las oligarquías dirigentes de Estados Unidos, rayan en la apoplejía, con su amenaza de invasión terrestre del territorio sirio, bajo los manidos pretextos de «combatir al EI» o de «proteger» los flujos de refugiados que huyen de Alepo a Turquía.
En lo que toca a los sauditas, a pesar de los relatos no confirmados de que ya habrían enviado aviones de combate a Turquía, la probabilidad del envío de fuerzas terrestres es ínfima. Tanto el Ejército como la Guardia Nacional del país son fuerzas de seguridad interna y, como sugiere su débil desempeñó en la guerra desencadenada contra Yemen, tendría enormes problemas para enfrentar fuerzas preparadas y caldeadas en batalla, como lo es el Ejército Sirio o las YPG.
El gobierno del presidente Recep Tayyip Erdogán es otra historia, pues el «sultán de Ankara» no parece dispuesto a admitir el fracaso de su plan de «cambio de régimen» en Damasco y está actuando de forma sumamente provocadora al haber desencadenado una serie de ataques de artillería contra las posiciones del YPG y del Ejército Sirio cercanas a la frontera sirio-turca. Lo cierto es que, luego del corte de la carretera que abastecía a los yijadistas de Alepo, el Ministerio de Defensa ruso informó que disponía de pruebas crecientes de que Turquía preparaba operaciones militares contra el territorio sirio, acusación que Erdogán no se preocupa en rebatir (Sputniknews, 4/02/2016).
La audacia de Erdogan llegó al punto de dar dos ultimatos: uno a Estados Unidos, al afirmar que Washington tendría que escoger entre Turquía y las YPG como aliados (Today’s Zaman, 7/02/2016); otro, por intermedio del primer ministro Ahmet Davutoglu, a Siria, a Rsia, a los kurdos y a Estados Unidos, de que la toma de Azaz por las YPG sería considerada como un casus belii y se respondería militarmente (Al-Monitor, 16/02/2016).
A su vez, el Kremlin también trazó su línea roja en el terreno con el recado que trasmitió el primer ministro Dmitri Medvedev en una entrevista con el portal Euronewa, en la que afirmó que «una operación terrestre sería una guerra en todo el sentido de la palabra de y y sería un conflicto de larga duración.»
Con la ironía que la acompaña siempre, la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, María Sajárova, volvió a acusar a Turquía de apoyar directamente a los yijadistas. Según ella:
«Algunos de nuestros socios, literalmente, nos imploraron «no tocar» un corredor que tiene poco menos de 100 kilómetros en la frontera sirio-turca, alrededor de Azaz. Esto, obviamente, tiene el objetivo de asegurar la continuidad de los abastecimientos diarios para el Estado Islámico, para el Frente al-Nusra y para otros grupos terroristas, con armas, municiones y alimentos, de Turquía, que pasan por esa zona, y de permitir que sirva como camino para el paso de terroristas». (Reuters, 6/02/2016).
A pesar de acuerdo de cese de hostilidades logrado en la Conferencia de Seguridad de Múnich entre el canciller Serguei Lavrov y el secretario de Estado John Kerry (prácticamente el único acontecimiento trascendente de la conferencia), la posición estadounidense todavía no está clara. Por un lado, hasta ahora, Washington tomó ninguna actitud sobre los bombardeos turcos, que limitó a tibios pedidos de restricción. Además, sus portavoces se esmeraron en disparar acusaciones no comprobadas de que la aviación rusa habría alcanzado hospitales y otros blancos civiles en Alepo y sus alrededores. Además, está por verse cual será la respuesta de la Casa Blanca a una probable intervención militar turca en Siria.
Es decir, Estados Unidos tiene que tragarse su propio «excepcionalismo» si quiere de veras evitar los efectos potencialmente devastadores que muestran las copias mal hechas por turcos y sauditas.

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