Luego del derribo del caza ruso Su-24 por la Fuerza Aérea Turca, el 24 de noviembre, la situación geopolítica del Medio Oriente cambió radicalmente, para poner al mundo mucho más cerca de una guerra general en la región. La crisis hizo que muchos de los principales estrategas europeos criticasen con dureza los errores cometidos por Estados Unidos y por Europa, que hicieron que la crisis siria se les fuese de las manos, y presentasen soluciones que deben incluir a Rusia.
El agravamiento de la crisis ha provocado también que muchos comentaristas identifiquen claramente las fuerzas políticas que son aliadas directamente del Estado Islámico (EI), como Arabia Saudita.
Un ejemplo notable fue el comentario del Dr. Horst Teltschick, ex asesor del canciller Helmut Kohl y ex director de la Conferencia de Seguridad de Múnich, publicado en el periódico alemán Handelsblatt. En el habla de las lecciones que es necesario aprender de los errores cometidos en Oriente Medio por los países occidentales, como la insistencia de estos en la renuncia del Presidente sirio, Bashar al-Assad, junto con la actitud que desembocó en el flujo de refugiados a Europa, que provienen mayoritariamente de Siria y de Irak.
Teltschick pidió un nuevo realismo y dijo que, le guste o no a Turquía, Alemania debe actuar de acuerdo con el principio latino Do ut des (Doy para que des, equivalente en español a “toma y daca”), y negociar con Ankara para que esta coopere para frenar la estampida de refugiados hacia Europa. Destacó la importancia de la iniciativa del presidente francés, François Holand, de forjar una alianza política común con Rusia, lo que, según él, debe incluir garantías en cuanto al acceso de Moscú al puerto de Tartus, Siria.
Otro punto de vista importante es el de Alexander Rahr, director de investigaciones del Foro Germano-Ruso y miembro del consejo del Foro de Debates Valdai, quien, en una reseña de la reunión de este año de dicho foro, comentó que “Turquía tiene otro plan para Siria y el Medio Oriente en conjunto, en particular en lo que se refiere a la supuesta lucha contra el terrorismo internacional (…). Turquía considera a Siria como su zona de influencia. Ankara quiere también ver a dicho país como parte del antiguo Imperio otomano, y tiene la convicción de tiene más derecho a decidir el destino de esa región que Rusia, a la que ve como un intruso.”
Estas afirmaciones, tanto las de Rahr como las deTeltschick, fueron corroboradas en una conversación entre bastidores que esta autora sostuvo con un bien informado observador ruso días después del derribo del caza ruso. Según él, las iniciativas militares rusas en Siria, que comenzaron en septiembre, están bien planeadas y bien enfocadas. Hay que destacar, sin embargo, que los servicios de información ruso y estadounidense acordaron intercambiar información respecto a las operaciones de sus pilotos, para evitar incidentes en el espacio aéreo sirio.
El acuerdo incluye el intercambio de fotos de satélite del territorio (lo que no ocurrió cuando fue derribado del vuelo MH17 de Malaysia Airlines sobre la región de Donbass, en el Este de Ucrania, el año pasado). En sus palabras, la población de Rusia apoya masivamente la estrategia del presidente Vladimir Putin en Siria. Indicó, sin embargo, que emplear tan sólo los ataques aéreos no será suficiente para contener la amenaza del Estado Islámico y, si fuera necesario el envío de tropas a Siria, esto deberá ser facilitado con el auxilio de curdos e iraníes.
La misma Rusia está ante el peligro del Estado Islámico en Asia Central y en la misma Federación Rusa. Con respecto al argumento de que todo cambio significativo en Siria depende de la remoción de Assad, el observador ruso recalcó que las lecciones de Libia no fueron aprendidas, pues allí el derrocamiento de Muamar Jadafi condujo a un “estado fracasado” y al incendio de toda la región. El cuándo y el cómo saldrá Assad es un tema que debe ser definido por el mismo pueblo sirio, subrayó, repitiendo la línea del Kremlin.
“Cometimos graves errores”
Es notable que entre muchas voces críticas se encuentre la del ex jefe de las fuerzas especiales y de información de Estados Unidos, general Michael T. Flynn, quien, en entrevista concedida a la revista alemán Spiegel Online del 29 de noviembre, dijo que “tenemos que trabajar juntos de forma constructiva con Rusia. Nos guste o no, Rusia tomó la decisión de estar allí (en Siria) y de que ellos tienen que irse a casa. Esto no va a suceder. Seamos realistas. Vean lo que sucedió en los últimos días.”
Flynn mencionó también la intención de Holande de establecer una alianza militar con Rusia contra el Estado Islámico y fue extremadamente crítico con las “fallas” del espionaje estadounidense en el pasado (…). Aunque fuese brutal, fue un error eliminar a Saddam Hussein,” y lo mismo hay que decir de Jadafi. Otro error grave cometido por Estados Unidos fue haber liberado en 2004 de su prisión en Irak al actual líder del EI, Abu-Baj Al-Baghdadi, luego de que una comisión militar estadounidense lo clasificara como “inofensivo.”
En lugar de cuestionar las causas del terrorismo desencadenado contra Estados Unidos, Flynn afirmó que “fuimos muy estúpidos,” y que los estadounidenses sólo pueden decir: “¿De dónde vienen esos malditos? ¡Vamos a matarlos!”
El papel sucio saudita
La lucha contra el EI no depende nada más de una alianza política funcional que incluya a Rusia, sino de la exposición del papel sucio que ha desempeñado Arabia Saudita en la región. En un contundente análisis, el corresponsal en Medio Oriente del periódico alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), Rainer Hermann, destacó que los sauditas han estado comprometidos desde los años cincuenta del siglo pasado en una ofensiva misionera para financiar con sus miles de millones de petrodólares el combate del “pluralismo” del mundo, inclusive la lucha contra los sunitas y chiitas moderados y seculares, o contra los no musulmanes.
“Esta ofensiva saudita echo las semillas ideológicas y teológicas para el EI de hoy, escribió Hermann. Arabia Saudita pudiera no financiar directamente al EI, pero creó ese monstruo. El periodista trazó un mapa histórico de la participación saudita en el islamismo radical desde los años cincuenta del siglo pasado, en plena guerra fría, cuando emergió en la región un mayor antagonismo de intereses entre Arabia Saudita y Egipto.
En esa época, el gobierno del general Gamal Abdel Nasser en el Cairo, aliado de la Unión Soviética y que atraía a las masas árabes con su “pan-arabismo,” provocó una profunda reacción de la casa real saudita, la que comenzó a considerar a Egipto como su principal adversario de la región.
En 1962, durante una conferencia en la Meca, Arabia Saudita anunció que estaba planeando una guerra contra el “secularismo y el nacionalismo de Nasser.” Fundaron la Liga Islámica Mundial y, en las décadas siguientes, en especial después de la crisis del petróleo de 1973, contribuyeron con miles de millones de dólares para fundar millares de escuelas, universidades y centros culturales y proyectos “humanitarios” en el mundo árabe, así como en Paquistán, India, Malasia, Bosnia, Chechenia, Estados Unidos y diversos países africanos y europeos. Dichos centros se convirtieron en polos de entrenamiento para los radicales musulmanes que combatieron en Afganistán y que actualmente constituyen el sangriento Estado Islámico.

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