Son muy verdaderas las palabras sencillas: «Al final de cuentas, todos estamos pidiendo los mismo: que el gobierno actúe en el mejor interés de su pueblo,» dichas espontáneamente por una española que participara en el manifestación convocada por Podemos, el nuevo partido del país, a la que asistieron más de 100 mil personas a la calles de Madrid el 31 de enero, muchas de ellas con banderas griegas. El líder del partido, Pablo Iglesias, sintetizó lo que le está quitando el suelo a los «eurócratas de Bruselas» y a los próceres de las altas finanzas mundiales: «En Grecia, hicieron más en seis días que muchos gobiernos en muchos años».
La referencia es a Syriza, el partido vencedor de las recientes elecciones griegas, que hasta hoy ha manifestado su vehemente oposición a dos directrices adoptadas por la Unión Europea (UE). Una, la austeridad impuestas a su país únicamente para asegurar los privilegios de los acreedores de la deuda pública y la otra, la unanimidad exigida por Bruselas en las sanciones contra la Federación Rusa. El acontecimiento griego, además de provocar pánico esperado en el «establishment», en el lado opuesto, le da un cierto aliento a la ciudadanía de los países europeos que resultaron las más perjudicados por las restricciones adoptadas a partir de la crisis de 2008.
En su campaña, el nuevo Primer ministro, Alexei Tsapiras, no escondió la intención de atacar de frente el problema de la impagable deuda griega, equivalente a 175 por ciento del PIB del país, pugnando por la reducción de 50 por ciento de ella, -de la forma que hiciera Argentina en la década pasada- para ajustar a la capacidad de pago del país. Tsipras levantó su campaña con la promesa de dar marcha atrás a lo que su ministro de Hacienda, Yanis Varoufakis, describe como el «déficit de dignidad» que está humillando a la gran mayoría de la población griega. Como afirmo el ministro de Hacienda, Yanis Varoufakis: «Lo que hemos tenido… es una especie de simulación de ahogamiento que transformó a la nación en una colonia de la deuda.»
La asfixia es el resultado del choque de la temida «troica» -Comisión Europea, Fondo Monetario Internacional (FMI) y Banco Central Europeo (BCE) que con mano de hierro comanda la economía griega desde el estallido de la crisis de aquel año, cuya austeridad financiera dejo un país con cero capacidad de recuperación económica independiente.
Si Varoufakis hubiese dicho que su país fue sometido a condiciones no muy diferentes a las impuestas a Alemania por el Tratado de Versalles, al término de la Primera Guerra Mundial -con el desastroso resultado histórico ya conocido-, no estaría lejos de la verdad.
Atenas anunció, además, que no respalda incondicionalmente las sanciones contra Moscú. No fue coincidencia que el presidente Vladimir Putin fuera el primero en enviar una carta personal a Tsipras, seguida de la que le enviara el presidente chino, Xi Jimping, con los que dejaba abierta la posibilidad de que, ante un probable «ostracismo» por parte de la UE, su gobierno pudiese voltear hacia los gigantes del grupo BRICS.
No obstante, en una carta al pueblo alemán, publicada en el diario financiero Handelsblatt antes de las elecciones, Tsipras señaló claramente el rumbo que preferiría para Grecia y Europa. Aludiendo al programa del presidente norteamericano, Franklin Delano Roosevelt, que se propuso la recuperación económica mediante las inversiones en la economía productiva: «Nuestra tarea es promover un «New Deal» europeo, dentro del cual nuestro pueblo pueda respirar, crear y vivir con dignidad. Una gran oportunidad para Europa está por nacer en Grecia. Una oportunidad que Europa no se puede dar el lujo de perder.»

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