El "poder inteligente" y los "cañones de agosto"

A pesar de las demostraciones sucesivas de los límites del poderío militar como instrumento de política exterior, los círculos supremacistas del “establishment” anglo-americano siguen apostándole como estrategia para la preservación de su cada vez más cuestionada hegemonía global. El presupuesto básico que sigue fundamentando su programa es que no hay ninguna opción para sustituir el poderío estadounidense, lo cual es la raíz de concepciones como la de “poder inteligente” (smart power), que ha sido difundido por la secretaria de Estado Hillary Clinton, como la nueva directriz de Estados Unidos. En un artículo publicado el 18 de julio en la revista inglesaThe New Statesman y reproducida en periódicos de todo el mundo, Hillary disertó sobre el “Arte del poder inteligente.” El texto concluye con una categórica y arrogante advertencia al mundo:

“No existe en la Historia un precedente real del papel que desempeñamos o de las responsabilidades que asumimos, y no hay opción. Esto es lo hace tan excepcional el liderato estadounidense, y es por ello que tengo confianza en que seguiremos sirviendo y defendiendo un orden global pacífico y próspero por muchos años más”.

Más allá de esto, los intereses institucionales intrínsecos del “complejo de seguridad nacional” y sus interrelaciones con el sistema financiero internacional imponen su dinámica peculiar a los planes políticos, con lo que contribuyen a crear un escenario de un potencial explosivo muy elevado y con situaciones en la cualquier incidente puede desencadenar un conflicto de grandes proporciones y de consecuencias impredecibles.

En una reunión reciente con un alto oficial militar europeo, el comandante militar de la Organización del Tratados del Atlántico Norte (OTAN), el almirante James Stavridis, resumió su percepción del escenario internacional con una frase corte y premonitoria: “Estamos en 1914” (De defensa, 3/08/2012).

Para los conocedores de la historia, la evaluación del comandante de la alianza atlántica remite a la trágica combinación de errores de cálculo, imprudencia y actos deliberados que, en agosto de 1914, se tradujeron en los sucesivos ultimatos y declaraciones de guerra que confluyeron en la Primera Guerra Mundial. Aunque se desconozcan los detalles de la conversación de Stavridis con su colega europeo. Se antoja que pudo haber pensado, por ejemplo, en la desesperación del emperador Guillermo II, al pedirle a su primo, el Zar Nicolas II, que no ordenara la movilización del Ejército imperial ruso por causa del ultimato del Imperio Austro-Hungaro a Serbia (donde un terrorista había asesinado al archiduque Francisco Ferdinando, heredero del trono de Viena), situación considerada casus belli para el Estado mayor alemán. Pero no se sabe tampoco si pensó en el afán del primer lord del Almirantazgo, el joven y belicoso Winston Churchill, que ardía en deseos por un conflicto armado y fue uno de los principales artífices de la declaración de guerra del gobierno británico a Alemania, que el primer ministro Harry Asquith quería evitar a toda costa (no por coincidencia, Churchill es el gran ícono de los círculos ultra belicistas del “establishment” anglo-americano).

Estos datos fueron descritos magistralmente por la historiadora estadounidense Barbara W. Tuchaman en su libro Cañones de agosto.

Los errores de cálculo actuales

Casi un siglo después, una visión de los acontecimientos en curso en Medio Oriente guarda una gran semejanza con aquellos acontecimientos “imprevisibles” que desataron la Primera Guerra Mundial. En la atmósfera cargada de vapores explosivos, resultado de combinaciones del conflicto de Siria, la campaña de presiones contra Irán (que incluyen el bloqueo económico y operaciones clandestinas equivalentes a actos de guerra, sin hablar de las amenazas abiertas de Israel) y la omnipresente cuestión palestina, cualquier evento tiene el poder de desencadenar una escalada de actos militares que, en últimos análisis, puede convertirse en un conflicto bélico real.

La interferencia externa en la rebelión contra el presidente sirio, Bashar al-Assad, es cada vez más activa y visible, e inclusive admitida abiertamente por el presidente estadounidense, Barack Obama, quien determinó que el Departamento de Estado encuentre formas “encubiertas” de apoyar a los insurgentes del llamado Ejército de Siria Libre (FSA, por sus siglas en inglés). Por ironía, la decisión sucede en el momento en el que las atrocidades del FSA contra simpatizantes del régimen de Assad comienzan a hacerse inocultables para la prensa occidental, que hasta ahora venía tratando al grupo como una liga de paladines en lucha por la “democracia” del país.

La sin ceremonia de los belicistas del “establishment” llega al punto de justificar la movilización de combatientes de la red terrorista Al-Qaeda (que ya operan en Siria) para inyectarle energía al FSA. En un comentario publicado el 6 de agosto en el sitio del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), el principal analista para Asuntos del Medio Oriente, Ed Husain, afirmó sin ningún pudor:

“Los rebeldes sirios serían inconmensurablemente más débiles hoy, si no contasen con Al-Qaeda en sus filas. De un modo general, los batallones del FSA están cansados, divididos, caóticos y son poco efectivos. Las fuerzas rebeldes, al sentirse abandonadas por Occidente, se están desmoralizando crecientemente a medida que se enfrentan con el armamento superior y con el ejército profesional del régimen de Assad. Sin embargo, los combatientes de Al-Qaeda pueden ayudar a levantar la moral. El influjo de yijadistas trae disciplina, fervor religioso, la experiencia del combate en Iraq, financiamiento de simpatizantes sunitas del golfo Pérsico y, lo más importante, resultados letales. En resumen, el FSA necesita de inmediato a Al-Qaeda”.

Afirma, para completar: “El cálculo político no declarado entre los formuladores de políticas es, primero, librarse de Assad -para debilitar la posición de Irán en la región -y, luego, lidiar con Al-Qaeda”.
En cuanto a esto, otros factores contribuyen a aumentar la concentración de vapores explosivos en la atmósfera de la región:

– La interferencia creciente de la Hermandad Musulmana en los combates, la cual transporta grupos armados sunitas al conflicto -lo que, a su vez, está llevando a las minorías alawitas, chiitas, drusas y cristianas, que forman el tejido social sirio, a armarse, con lo que aumentan las perspectivas de conflictos sectarios;

– La “guerra de inteligencia” entre siria y Arabia Saudita que, entre otros actos ofensivos, condujo al atentado contra el Cuartel general de los servicios de seguridad sirios el 18 de julio, en el cual murieron tres altos funcionarios del régimen, entre ellos el ministro de la Defensa; en una posible revancha, cuatro días después, una explosión ocurrió en la sede del servicio de espionaje saudita, en Riad, en el cual habría muerto el príncipe Bandar bin Sultan Al-Saud, ex embajador en Washington y recién designado para el cargo;

-Rumores reforzados por el hecho de que Bandar no ha aparecido en público desde su nombramiento;

– La presencia de tres grupos de batalla de la Marina de Estados Unidos en la región, dos en el golfo Pérsico y el tercero en camino a esta zona, al mismo tiempo que una fuerza naval rusa se encuentra anclada en el puerto sirio de Tartus y dos destructores chinos para visitar puertos “amigos,” por primera vez desde 2002

– El ataque de un grupo terrorista a un puesto policial egipcio en el desierto del Sinaí, en la frontera con Israel, que dejó 16 policías muertos; aunque los atacantes no han sido identificados, el objetivo claro del ataque es crear más fricciones en las ya perturbadas relaciones egipcio-israelíes;

– La nueva ronda de sanciones contra Irán aprobadas por el Congreso de Estados Unidos el 1 de agosto, que castigan a toda empresa o individuo que tenga relaciones con empresas energéticas iraníes o vendan buques petroleros al país -lo que algunos observadores comparan con las sanciones adoptadas por el gobierno estadounidense contra Japón en 1940-1941, que mucho contribuyeron para llevar al Imperio nipón a atacar Estados Unidos.

Esa peligrosa combinación de factores resulta de la visible frustración de los círculos belicistas estadounidenses y europeos con la inesperada resistencia demostrada hasta ahora por el régimen de Assad. Frustración que se transforma en una virtual desesperación a medida en que la crisis sistémica mundial se profundiza y lleva a un número creciente de estos supremacistas a considerar la opción de un nuevo conflicto regional -que. Forzosamente, tendría repercusiones planetarias- como una forma de preservación de su hegemonía estratégica.

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