El G-20 en Sydney: colisión con los países emergentes

La reciente cumbre de los ministros de hacienda y presidentes de bancos centrales del G-20 celebrada en Sydney, más que una reunión de coordinación, representó una auténtica confrontación entre poderes e intereses diferentes. Se desarrolló en un momento bastante delicado, en el auge de una onda de desestabilizaciones de monedas y presiones inflacionaria en todos los países emergentes. Pero parece que en cuanto a esto, se impuso el silencio.

De hecho, el comunicado final del evento soslaya casi completamente semejantes cuestiones, limitándose a mencionar genéricamente la “volatilidad de los mercados financieros”, la cual podría perjudicar el crecimiento económico. El documento también reconoce que, en muchas economías avanzadas, la política monetaria deberá de seguir siendo “acomodaticia” y que su sustitución exigirá un plazo indefinido y condicionado a la estabilidad de los precios y la recuperación.

Igualmente, el texto afirma que “dado que los mercados están reaccionando a varias políticas de transición a diferentes condiciones nacionales, los precios de los activos y las tasas de interés se ajustarán de conformidad a esto”. En la práctica, se pretende creer que la realidad actual no es nada más que un “ajuste trivial”, según una teoría económica abstracta basada en una analogía con los vasos comunicantes. Sin embargo, no se dice palabra alguna en torno a la política de yo-yo de la Reserva Federal estadounidense, que inundó el sistema con liquidez y, en seguida empezó a retirar este apoyo desatando choques y fuga de capitales en las economías emergentes.

Pero hay más. La declaración del G-20 destaca como el principal acontecimiento reciente las supuestas señales de mejoría en la economía mundial y, en particular, el aumento del crecimiento en los EUA, Gran Bretaña y Japón. Sin embargo, omite que, en los últimos 12 meses, el real brasileño perdió 24% en relación al dólar, la rupia hindú, 28%, el rublo ruso, 17% y el rand sudafricano, 31%.

Por otro lado, en la víspera de la cumbre, los gobiernos de los BRICS reclamaban con vehemencia el hecho de que la “fed” y los bancos centrales en Londres, Tokio, y parcialmente también el BCE (Banco Central Europeo), practican políticas monetarias sin tomar en cuenta sus posibles efectos negativos sobre el resto del mundo, y piden una coordinación de las políticas económicas y monetarias.

La actitud norteamericana fue algo desconcertante. El secretario del Tesoro Jack Lew, “voltéo la tortilla” poniendo la responsabilidad sobre los gobiernos de los países emergentes. Según él, “los mercados emergentes están siendo convocados a tomar medidas para poner en orden sus sistemas fiscales y realizar reformas estructurales”. En otras palabras, lo que drogó y perturbó a las demás economías no fue el exceso de liquidez de la “fed”, sino sus disfunciones internas, las cuales determinan las situaciones de crisis.

De nuevo, la Unión Europea (UE) no se distinguió de la “fed” y ni siquiera intentó comprender las razones de los emergentes. Por si las dudas, el presidente del Bundesbank alemán, dio la línea, diciendo que “no se debe sobrestimar el peso de los países emergentes en la economía global”. Para que se vea más clara la ruptura con las economías emergentes, los EUA bloquearon la reforma de las cuotas de control de Fondo Monetario Internacional (FMI), que debería haber entrado en vigor el primero de enero de 2014. A fin de limitar el control anglo-americano del FMI, en Sydney, el G 20 decidió solicitar por escrito que los EUA, “ratifiquen la reforma del FMI decidida en 2010, antes de la próxima cumbre, en abril”.

El gobierno de China se manifestó, afirmando que la reforma del FMI es crucial para la estabilidad del sistema global, la credibilidad del G-20 y la propia legitimidad del Fondo. En realidad, el tema principal de la cumbre debería haber sido la política de inversiones de largo plazo, para revivir la recuperación y la revitalización de áreas de nuevas tecnologías, las PYMES (pequeñas y medianas empresas) e infraestructura. Por desgracia, todo solamente recibió una atención marginal.

Se estima que para sustentarse el crecimiento de la economía mundial hasta el 2030, se necesitarían 57 billones de dólares de financiamiento para proyectos de infraestructura. El efecto sobre la generación de nuevos puestos de trabajo podría ser de cerca de 8 mil empleos por cada mil millones de dólares invertidos.





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