Egipto: ayudando a descifrar la esfinge

Desde un punto de vista simplista en torno de los regímenes “democráticos” y “autoritarios”, fue una sorpresa ver a millones de egipcios en las calles de las principales ciudades del país, protestando furiosamente contra el democráticamente electo presidente Mohamed Mursi. Y la sorpresa se convirtió en choque, después de la deposición de Mursi por las Fuerzas Armadas el pasado miércoles 3 de julio, y su rápida sustitución por el presidente del Tribunal Constitucional, Adli Mansour, nombrado presidente interino hasta la realización de nuevas elecciones generales planeadas para dentro de seis meses. En verdad, aunque casi 90% de la población sea musulmana, la mayoría de los egipcios rechaza, precisamente, la islamización fundamentalista forzada, no solamente en la política, sino en todos los aspectos de sus vidas, tal y como se manifestaba en el programa de la Hermandad Musulmana de Mursi. Y el derrocamiento de Mursi significa, también, un duro golpe al maldisfrazado intento de las potencias occidentales en el sentido de instrumentar el radicalismo islámico para preservar la hegemonía en la región.

Después del inicio de un promisorio mandato, en el que llegó a ensayar una línea independiente en relación al poder anglo-americano y distante del radicalismo clerical de la Hermandad Musulmana, Mursi pasó a guiar sus acciones de una forma creciente por la agenda de la Hermandad, colocando a sus representantes en importantes puestos del gabinete ministerial, como las carteras de Educación, Comunicación, Asuntos Religiosos, Asuntos Sociales y Cultura -proceso rotulado por sus opositores como “Akhwwana” o “Fraternización”.

En un artículo publicado en el sitio Al-Monitor. Com del 2 de julio (“¡Es la identidad egipcia, estúpido!”), el escritor y activista político Wael Nawara explica:

“Es claro que los egipcios están enojados con los precios, la escasez de combustible y los cortes de la electricidad, y que estos problemas amplificaron la causa de la rebelión. Pero Egipto es una nación que ha lidiado, desde hace décadas, pacientemente, con la escasez. Lo que, ahora, enfureció a las personas, en particular, fue la sensación de estar perdiendo el medio de vida distinto de Egipto. Para los principiantes, la constitución aprobada por una mayoría islamista codificaba restricciones ultraconservadoras acerca de la libertad de culto y expresión, usando términos que, de hecho, castigan las personas que, supuestamente, no respetan los “valores sociales”, lo que significa, más o menos, cualquier valor que el gobierno y sus aliados consideren como tales. Especialistas en educación advertían que los Hermanos recientemente nominados para el Ministerio de Educación estaban alterando los programas, para ajustarlos a la ideología fundamentalista de la Hermandad Musulmana. Los Hermanos también cambiaban de los libros de Historia los capítulos que describían el pasado violento de su organización. Cuando el ministro de Cultura dimitió a algunos funcionarios de alto escalafón y surgieron rumores de que estaba considerando la prohibición del ballet, artistas y ejecutantes hicieron manifestaciones de baile en las calles, incluyendo ‘Zorba el Griego’.

“Las emociones y los sentimientos desempeñan un papel importante en la manera como las personas toman decisiones, que no se basan solamente en cálculos racionales. En su lugar, los sentimientos y emociones emplean complejas evaluaciones, que ocurren en el nivel de sobrevivencia y están profundamente enraizados. Muchos factores emocionales han contribuido para hacer sentir a los egipcios una amenaza a la sobrevivencia de Egipto como nación”.

De hecho, lo que parece haber sido la gota que derramó el vaso para la decisión de los militares de quitar del camino a Mursi, fue el escandaloso endoso del presidente a una “guerra santa” (jihad) contra el régimen del presidente sirio Bashar al-Assad, proclamada por los clérigos radicales de la Hermandad Musulmana, a mediados de junio pasado. Mursi determinó entonces el rompimiento de relaciones diplomáticas con Damasco, lo que muchos observadores consideraron un tremendo error estratégico de muy alto potencial desestabilizador. Irónicamente, el primero en ser desestabilizado fue su propio gobierno, mientras que el régimen de Assad ganaba un inesperado refuerzo político. En entrevista a la agencia Sana el 6 de julio, el propio líder sirio observó:

“Lo que está aconteciendo en Egipto, es esencialmente, la caída del Islam político, el tipo de sistema de gobierno que la Hermandad Musulmana intentaba promover regionalmente…La experiencia fracasó rápidamente, porque estaba sobre una base equivocada…Usar la religión para una política o un cierto partido político, está, inevitablemente, destinado a fracasar en cualquier parte del mundo. Países como Egipto, Irak, y Siria están localizados estratégicamente y profundamente enraizados en la historia de la región, por miles de años. En consecuencia, los pueblos de estas tierras tienen un rico depósito de conocimiento, percepción, cultura y civilización humana, que los vuelve inmunes a narrativas engañosas…Esto se aplica, especialmente, a los egipcios, que representan una civilización de miles de años con una ideología nacionalista árabe singular. Lo que ocurrió hace un año fue una consecuencia no probada del partido político que gobernaba antes, pero, ahora, el cuadro emergió más claramente para los egipcios y el desempeño de la Hermandad Musulmana reveló las mentiras que expusieron al inicio de la revolución (…)”.

La caída de Mursi significa, igualmente, un serio revés para el premier turco Recep Tayyip Erdogan, el mismo un islamista nominalmente moderado, quien tuvo recientemente su cuota de problemas por las manifestaciones contra sus intentos de imponer preceptos islámicos al común de los turcos, férreamente celosos de la secularización de su Estado. Según la prensa turca, Erdogan se sintió casi personalmente golpeado por la deposición de Mursi, regresando anticipadamente de unas vacaciones para lanzar una serie de acusaciones contra el Occidente, en especial a Europa, por la renuencia inicial en calificar la acción de los militares egipcios como un golpe de Estado (renuencia ocasionada por los EUA, debido a las restricciones del Congreso contra el suministro de ayuda financiera a países bajo regímenes de excepción política). Después de estropear su anteriormente política exterior exitosa de “cero problemas con los vecinos” y adoptar la agenda intervencionista de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), tanto en Libia como en Siria, Erdogan y su canciller Ahmet Davutoglu soñaban con el establecimiento de un eje Ankara-El Cairo, debidamente aceitado por las inclinaciones islamistas de los dos gobiernos. Ahora, estarán obligados a rehacer sus deberes en casa.

El derrocamiento de Mursi fue celebrado y, probablemente, apoyado por una amplia coalición de fuerzas de la región y de fuera de ella, que operan para intentar neutralizar la agenda de las potencias de la OTAN, potencializada después de la decisión de la Federación Rusa de trazar su propia “línea roja” en el terreno, contra la conversión de Siria en una nueva Libia. En un análisis publicado por la Fundación de Cultura Estratégica rusa, el periodista investigador estadounidense Wayne Madsen, ex-analista de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), observa:

“Los chiítas de Oriente Medio, representados por Irán y el Hezbollah libanés; los alauitas minoritarios, representados por el gobierno de Assad y la oposición secular del Partido Popular Republicano (CHP) de Turquía y su líder alauita Kemal Kililcdarouglu; el legado cristiano de la región, representado por el presidente libanés Michael Suleiman y los cristianos pro-Assad en el gabinete libanés; Armenia, Rusia, Grecia y el Vaticano ven como una “línea en el terreno” el intento de dominar a Siria por los salafistas radicales, incluyendo a miembros de Al-Qaeda. Después de que (el presidente Barack) Obama autorizó la transferencia de armas norteamericanas hacia los rebeldes sirios, que consisten principalmente, en guerrilleros mujahidin extranjeros que acaban de regresar de los combates en Afganistán, Irak, Libia, Somalia y Yemen, aquellos que se rehusaban ver el Oriente Medio caer bajo el dominio de un bloque sunita wahabita dominado por Qatar y Arabia Saudita, disfrutando del apoyo tácito de Israel y de los EUA, decidieron actuar. Los militares egipcios fueron los primeros en hacerlo.

“Es claro que la “Doctrina Obama”, que pedía el apoyo político y financiero de los EUA para la deposición de regímenes seculares con legados de socialismo pan-árabe, seguido por el apoyo militar vía terceros, como la OTAN y el Consejo de Cooperación del Golfo, monarquista, árabe y wahabita, murió en la Plaza Tahir, en medio de la revolución del “Verano Árabe” egipcio. (…) Strategic-Culture Foundation, 5 de julio de 2013).

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