El Ejército sirio inició a principios de febrero una ofensiva decisiva contra los cuatro grupos de yihadistas que ocupan desde finales de 2012 el distrito rural de Guta Oriental, al este de la capital, Damasco. Las fuerzas sirias, apoyadas por la aviación rusa, dividieron en menos de tres semanas el enclave en tres partes aisladas entre sí, previendo así la derrota de los terroristas en cuestión de días. Todas los ofrecimientos de tregua y de garantía de retiradas incólume, tal fue en Aleppo en 2016, hasta el momento han sido rechazadas por los terroristas.
La liberación de Guta acabará con los constantes bombardeos efectuados por los que se ha dado en calificar en la prensa occidental de “rebeldes” contra la capital siria, los causantes verdaderos de las centenas de víctimas en los últimos años (de esto nada menciona la prensa internacional), además de liberar a las importantes fuerzas de élite movilizadas al resto del territorio todavía no controlado por el gobierno del presidente Bashar al-Assad.
También en febrero, las Fuerzas Armadas Sirias demostraron haber obtenido una excepcional capacidad de contención de las constantes agresiones de Israel, cuando abatieron un caza F-16I que participaba en otro ataque al país, algo inaudito desde 1982. Estas capacidades se fortalecerán todavía más a medida que los nuevos sistemas antiaéreos modernos proporcionados por los rusos estén plenamente en funcionamiento.
El lunes 12 de marzo, la Cámara de diputados de Estados Unidos divulgó el informe de su investigación sobre la supuesta vinculación del Kremlin y la campaña presidencial de Donald Trump en 2016, la cual no encontró ninguna prueba de la supuesta colusión (True Publica, 13/03/2018).
El 18 de marzo habrá elecciones presidenciales en la Federación Rusa, Putin es el favorito para la reelección, y se espera su victoria en la primera vuelta, posiblemente, con una votación superior a 70 por ciento del electorado.
En junio y julio Rusia será la sede de la Copa del Mundo FIFA 2018, con la participación de 32 selecciones. En función de todo esto, ¿que tendrían que ganar Damasco y Moscú con la utilización de armas químicas (de cuyos inventarios ambos se liberaron bajo la supervisión internacional) contra opositores reales y presuntos, actos que, previsiblemente, servirían de motivo para nuevas críticas, sanciones y hasta ataques militares, como el que realizó Estados Unidos en abril de 2017 en represalia por un supuesto ataque químico en el Norte de Siria?
La respuesta: rigurosamente nada.
Con las cosas así, sería mejor buscar en otras capitales a los responsables del supuesto empleo de gases tóxicos en Guta Oriental, aclamado por los portavoces de los yijadistas, vociferado en Naciones Unidas por la incendiaria e inconsecuente representante estadounidense, Nikki Haley, a pesar de no haber presentado ninguna prueba física de tales ataques, y contra un ex espía ruso y su hija en el Reino Unido, arrancando la respuesta histérica y nuevas sanciones diplomáticas del gobierno de la Primer ministro, Theresa May.
¿Armas químicas en Guta?
Una Haley más trastornada que lo que suele estar amenazó en Naciones Unidas con un nuevo ataque militar si el Consejo de Seguridad no logra imponer una tregua en Guta Oriental:
“No es el camino que preferimos, pero es un camino que hemos demostrado seguir y estamos preparados para emprenderlo nuevamente. Cuando la comunidad internacional fracasa consistentemente en actuar hay momentos en el que los estados son obligados a actuar por su propia cuenta” (Reuters, 12/03/2018).
Evidentemente no se podía esperar la admisión de que los yijadistas se han negado a responder a las propuestas de tregua hechas por el gobierno sirio y sus aliados rusos, a pesar de su situación militar indefendible.
La respuesta rusa fue contundente. El martes 13, el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, el general Valery Gerasimov, no sólo denunció la preparación de un falso ataque químico para atribuírselo a las fuerzas sirias, sino también afirmó que cualquier ataque contra los blancos del gobierno de Damasco, en el cual peligren los militares rusos que actúan junto a las fuerzas sirias, sería respondido con fuerza letal:
“Tenemos informaciones confiables sobre el entrenamiento de militantes para simular el uso de armas químicas por fuerzas del gobierno sirio contra civiles. Un grupo de mujeres, niños y ancianos fue traído de otros lugares para imitar a las víctimas de un incidente químico. Ya existen (en el lugar) activistas de los Cascos Blancos, así como equipos de filmación con servicio de trasmisión vía satélite (Al-Masdar News, 13/03/2018).
La intención de Estados Unidos, afirmó, es “acusar a las fuerzas del gobierno sirio de usar armas químicas” y responder con “un ataque de proyectiles y bombas contra distritos del gobierno de Damasco.”
De acuerdo con él, si algún militar ruso fuese alcanzado, “las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa tomarán medidas de castigo contra los mismos proyectiles y sus lanzadores.” La mención de los lanzadores incluiría los navíos de la Sexta flota de Estados Unidos estacionados en el Mediterráneo.
En el mismo tono, el canciller Serguei Lavrov afirmó que un nuevo ataque estadounidense tendría “graves consecuencias.” Según él, “la señora Haley debería entender que una cosa es darse vuelo con el micrófono en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; otra cosa es cuando los militares rusos y estadounidenses tienen canales de comunicación, y por medio de estos canales se especifica claramente lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer (Southfront, 13/03/2018).
Es posible que el falso ataque químico de los yijadistas se haya evitado debido a la rapidez del avance sirio. En la mañana del 14 de marzo, en una zona recién liberada, los militares encontraron un laboratorio rudimentario para la preparación de municiones químicas para morteros, probablemente, cloro (Southfront, 14/03/2018).
Histeria Británica
El Reino Unido no ha demorado nada en contribuir a aumentar la histeria contra Rusia. Todo se desató por el extraño caso de envenenamiento del ruso Serguei Skirpal y su hija Yulia, atribuida de inmediato al gobierno ruso, a pesar de la total falta de pruebas.
El ex oficial del GRU, el servicio de espionaje militar ruso, Skripal fue reclutado en los años noventas por el MI-6, el servicio de espionaje exterior británico. Preso en 2004, fue condenado a 18 años de prisión, pero en 2010 fue incluido en un intercambio de agentes rusos y estadounidenses, luego de haber sido perdonado oficialmente por el gobierno ruso (condición indispensable para ser incluido en el intercambio). Vivía desde entonces en Salisbury, Inglaterra.
El pasado 4 de marzo, él y su hija, que viajara desde Rusia para visitarlo, fueron encontrados desmayados en un banco de una plaza, poco después de haber comido en un restaurante de la ciudad. De inmediato ventiló la versión de haber sido víctimas de un ataque con un gas que afecta el sistema nervioso y fue comparado con el del ex agente ruso Alexander Litvinenko, muerto en Londres en 2006, por envenenamiento con polonio radioactivo, supuestamente, por órdenes del Kremlin (acusación nunca probada). El caso fue retirado de manos de la policía local y trasladado a la policía contra el terrorismo, convocada inmediatamente a una reunión urgente con el comité de emergencia del gobierno (Cobra). En los días siguientes luego de una intempestiva declaración del canciller Boris Johnson, en la que calificó a Rusia de “fuerza maligna y disruptiva,” la prensa de los dos lados del Atlántico disparó una fiera andanada de acusaciones contra Moscú, al unísono con gran parte del Parlamento británico, para ejercer una fuerte presión sobre May.
El día 8, el gobierno británico anunció que había identificado el “gas que afecta el sistema nervioso” que se habría utilizado en el ataque, pero la secretaria del Interior, Amber Rudd, dijo tan sólo que no era VX o sarin, sino un gas “muy raro.” Posteriormente se descubrió que se trataba de novichok, familiar de los organofosforados fabricados en la antigua Unión Soviética, lo que llevó al gobierno británico a señalar con el dedo al Kremlin, sea directamente o por haber “perdido el control” sobre las antiguas armas químicas soviéticas.
El hecho es que el novichok se producía en instalaciones ubicadas en Uzbekistán, y esas instalaciones se están destruyendo con el apoyo de Estados Unidos, además la Federación Rusa destruyó todos sus inventarios de armas químicas bajo la supervisión de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas, como resaltó la misma agencia en 2017; tal realidad no influencio la acusación (por curiosa coincidencia, el local del ataque queda a tan sólo 12 kilómetros de distancia del laboratorio de Porton Down, el principal centro de armas químicas de Europa).
El lunes 12, May ocupó la tribuna del Parlamento para decir que era “altamente probable” que los Skripal hubiesen sido envenenados con un “agente neurotóxico de grado militar creado por Rusia,” y dio un plazo de 24 horas para que Moscú se explicase. En caso contrario, lo consideraría un “acto de fuerza ilegítima” del Estado ruso contra el Reino Unido (The Guardian, 12/03/2018).
Por su parte, la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, María Zajarova, calificó las declaraciones de “provocación” y describió aquella reunión de “espectáculo circense del Parlamento británico.” Recordó, de paso, “no se le da un ultimátum de 24 horas a una potencia nuclear.”
El miércoles 14 May regresó al Parlamento para anunciar las represalias por no haber respondido al ultimátum: la expulsión de 23 diplomáticos rusos del Reino Unido, la suspensión de todos los contactos de las jerarquías más altas de los dos países y la inasistencia de todo alto funcionario del gobierno o de la familia real a la Copa del Mundo (RT, 14/03/2018).
Circense sería de verdad el adjetivo adecuado para calificar semejante pantomima promovida por el gobierno de la señora May, si la acumulación de ánimos tóxicos en los dos lados del Atlántico no estuviesen provocando una situación extremadamente volátil y potencialmente inflamable al menor incidente o provocación.
Cambio de guardia en Washington
La destitución fulminante del secretario de Estado Rex Thillerson, el pasado 14 de marzo, sustituido por el ahora ex jefe de la CIA, Mike Pompeo, solo contribuye a cargar más la atmósfera en Washington, ya que el ex presidente de la ExxonMobil era más inclinado al entendimiento con Moscú que la mayoría de sus colegas de gobierno. De forma significativa, en su discurso de despedida, afirmó que el aislamiento de Rusia “no interesa a nadie (RT, 13/03/2018). A su vez, Pompeo es un línea dura que defiende abiertamente un probable ataque militar contra Irán. Para ocupar el lugar de Pompeo, fue designada la vice directora Gina Haspel, funcionario de carrera de la agencia que llegó a dirigir uno de los centros de tortura instalados por la CIA en varios países -en este caso Tailandia-, en la fase inicial de la llamada “Guerra al terror,” en los primeros años de la década pasada.
La evaluación general de los analistas es que los cambios tornan al escenario más sombrío y amenazador.
El ex subsecretario del Tesoro Paul Craig Roberts dice los cambios “indican que el complejo militar/ de seguridad cerró sus garras sobre Trump. No habrá más el lenguaje de normalizar las relaciones con Rusia.” Estamos presenciando el comportamiento más imprudente y falto de sentido de la responsabilidad de la Historia mundial. ¿Dónde están las voces contrarias a él?” (Paulcraigroberts.org).

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