Charlotesville, oculta el excepcionalismo

La polémica desatada por los violentos incidentes en Charlotesville y las duras críticas contra el presidente Trump, al condenar los excesos cometidos por manifestantes de ambos lados que chocaron en una pequeña ciudad universitaria de Virginia, es tan sólo una cortina de humo que oculta el sentido más profundo de la ideología supremacista de los EUA.

La confrontación ocurrida el 12 de agosto pasado, dejó un saldo de una persona muerta y decenas de heridas, 19 de ellas atropelladas por un extremista adepto de la supremacía blanca.

La esencia de las críticas hacia Trump era la de que no podía haber una equivalencia moral entre los dos grupos de manifestantes. Al final, de un lado estaban adeptos de la supremacía blanca, neonazis y otros radicales –además de otros ciudadanos que solamente protestaban contra la decisión de la municipalidad de Charlotesville de remover una estatua del general Robert E. Lee, uno de los jefes militares de la Confederación. Del otro, manifestantes “políticamente correctos” contrarios a semejantes ideas radicales –aunque entre ellos había numerosos miembros de Antifa, una agresiva coalición de manifestantes “antifascistas”, cuyas tácticas de intimidación, comparables a las de los más conocidos Black Blocs, han provocado incidentes en protestas semejantes durante los últimos meses.

Aunque los ataques a Trump puedan insertarse en el contexto de la ofensiva de hostigamiento generalizado desatado contra él por grupos del establishment oligárquico, especialmente sectores liberales asociados con George Soros, atrás de todo se encuentra el “excepcionalismo”, ideología basada en los principios de predestinación calvinista, que llevan a la sociedad como un todo a apoyar o simplemente tolerar una política exterior cimentada en la supremacía belicista, incomparablemente más peligrosa para el mundo.

En gran medida, la creencia diseminada en su superioridad intrínseca sobre los demás justifica la pasividad con la que la sociedad estadounidense acepta naturalmente el contraste entre la indignación selectiva que condena el “supremacismo” internamente, pero lo acepta en el mundo exterior, aunque esto se traduzca en sangrientas acciones militares contra civiles desarmados de numerosos países, como ocurre actualmente en Siria, Irak y otros, que entran, salen y vuelven a entrar en la agenda del Pentágono. De hecho, puede afirmarse, sin riesgo de intolerancia, que el Pentágono es el templo del “supremacismo” por excelencia.

La truculencia de Trump, que se refleja en su forma favorita de comunicación, vía Twitter, facilita la propaganda mediática del establishment, montando escenarios espectaculares como el de Charlotesville, con páginas enteras en periódicos y horas de largos reportajes televisivos, mientras ejecutan tragedias reales con acciones bélicas en diversas regiones del mundo. El mensaje es claro: o Trump se encaja en este designio o será inevitable su derrocamiento, por un medio o por otro. La reciente decisión de ampliar la presencia militar estadounidense en Afganistán, además de las sanciones a Rusia y a China por su relación con el régimen de Corea del Norte, son claras señales de sometimiento emitidas por el presidente.

El futuro de esta disputa intestina en los EUA es impredecible, no obstante el mundo comienza a vislumbrar que el siglo XXI ya no tiene lugar para “excepcionalismos”, “destinos manifiestos” u otros característicos de una era colonial que la humanidad anhela superar.

Difícilmente, el país perderá su puesto de la mayor potencia del planeta –pero cualquier empeño en preservar su pasado supremacista solamente podrá ser hecho a fuerza, y con consecuencias trágicas para todo el mundo.

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