Recientemente, los mercados internacionales de valores y de títulos registraron retrocesos tan grandes que despertaron enormes preocupaciones en todo el sistema bancario y financiero global. Sin embargo, a pesar de ellas, los gobiernos y las autoridades relevantes se han empeñado en presentar tales hechos como movimientos “fisiológicos” de los mercados. Pero no es así.
El pasado 7 de octubre, en un espacio de menos de 3 minutos, la libra esterlina cayó 6% antes de recuperar 5% en menos de una hora.
Después de llegar al mínimo absoluto de los últimos 31 años, al final del día, la moneda británica había registrado una pérdida de 1.6%. El colapso se produjo a las 7 de la mañana del mercado de Singapur, mientras que Londres aún dormía y Wall Street ya había cerrado sus operaciones.
Fue pura especulación, de un peligro sin precedentes para todo el sistema, de modo alguno justificable por los posibles efectos del “Brexit” sobre la economía inglesa. La única explicación posible parece relacionarse a la llamada “contratación electrónica”, que ocurre cuando las computadoras se programan con un algoritmo específico para hacer transacciones automáticas de compra-venta a una velocidad extraordinaria, más allá de toda capacidad humana imaginable.
Algoritmos y computadoras se basan en instrucciones relativas al desarrollo de determinados escenarios como el “Brexit”. Los algoritmos y computadoras están definidos en función del tipo de cantidad de información divulgada por la prensa, a veces la prensa social. En el caso, el algoritmo “leyó” un reportaje negativo sobre el “Brexit” como una señal de la venta de la libra. En seguida, cuando la moneda británica comenzó a caer, otros algoritmos fueron “activados” en la misma dirección.
Desgraciadamente, los mercados internacionales de cambio todavía se encuentran, en gran medida, desregulados. De acuerdo con el Banco de Liquidaciones Internacionales (BIS), las transacciones dólar-libra representan el 9.2% de todas las negociaciones en los mercados cambiarios, que llegan a un promedio diario de 5.1 billones de dólares.
En los últimos tres años, los casos que involucran estos “algoritmos de negociación”, han aumentado tremendamente. Algunos días antes, el 30 de septiembre, las acciones del Deutsche Bank (DB) perdieron 9% en parte de la mañana y subieron 5.7% hacia la tarde, movimientos inéditos fuera de los patrones normales.
Independientemente de las críticas que se puedan hacer al DB, estamos ante un colosal ataque especulativo, no fácilmente explicable.
Esta anómala tendencia no puede ser achacada simplemente a las multas estratosféricas impuestas al banco alemán por las autoridades de los EUA, por la pasada especulación con derivados de hipotecas subprime, las cuales contribuyeron bastante para desatar la crisis de 2008. Tampoco el alza en el valor de sus acciones puede justificarse por las noticias relacionadas a una posible reducción de la multa en cuestión.
¿Quién compró las acciones para salvar al banco del colapso? Es una pregunta que se antoja.
Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE) en su reciente discurso a los miembros del Parlamento alemán (Bundestag), dijo que su política de interés cero ahorró a Alemania más de 28 mil millones de euros en 2015. Con base en estos datos, puede suponerse que, en los últimos años, Berlín haya pagado por lo menos 100 mil millones de euros a menos de los intereses sobre su deuda pública.
Alemania no parece haber usado tanta riqueza para apoyar el consumo o las inversiones, ni en casa ni en las regiones más débiles de Europa, y carece de un apoyo concreto a su recuperación económica.
Muy probablemente, el “tesoro” alemán está involucrado en el rescate de los bancos ¡que no gozan de buena salud!
Los dos acontecimientos financieros citados asumen una excepcional gravedad, por las dimensiones y la velocidad de las operaciones. Ellos nos dicen que, más que nunca, todo el sistema económico está expuesto a terremotos de altísima magnitud.
Estos no son aspectos que deban ser dejados a los mercados o solamente a los bancos centrales y autoridades supervisoras. Se trata de cuestiones eminentemente políticas, que requieren intervenciones y decisiones por parte de los gobiernos –y sin demora, antes que una nueva crisis sistémica toque a la puerta.

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