“Entender a Rusia: la lucha por Ucrania y la arrogancia de Occidente”

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A principios de año, la editora alemana C.H. Beck presentó el libro “Entender a Rusia: la lucha por Ucrania y la arrogancia de Occidente,” de la periodista Gabriele Krone-Schmalz, corresponsal de la cadena de televisión ARD en Moscú y directora del foro civil ruso-alemán Diálogos de Petersburgo.  La periodista analiza, sustentada en una profunda investigación e innumerables entrevistas, las causas de la parcialidad de la difusión de la gran prensa alemana respecto a Rusia.  La conclusión es que la mayor parte de los relatos sobre el conflicto ucraniano partían de una percepción selectiva de hechos y de mentiras fabricadas.  Para ella, la guerra civil es parte de la confrontación geoestratégica mundial que se inició con el derrumbe de la Unión Soviética hace 25 años.

La autora destaca los principales errores cometidos por Occidente, nominalmente  por Estados Unidos, debido a una falta de comprensión de las sensibilidades de la población rusa luego de la caída de la URSS, la aceptación de su desmantelamiento por un capitalismo depredador con el presidente Boris Yeltsin en la última década del siglo pasado, y los planes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de expansión rumbo al Este europeo, donde encaja la construcción del escudo contra proyectiles que se quiere instalar en Europa.

El conflicto de Ucrania tiene relación también con las guerras desencadenadas por la OTAN,  la Guerra de Kosovo (1998-1999), el bombardeo de Serbia sin un mandato de Naciones Unidas y la intervención militar en Iraq, en 2003.  La periodista destaca, además, las preocupaciones de Rusia con las intervenciones militares en Libia y en Siria.  En este marco geoestratégico, la crisis entre Rusia y Ucrania ejerce un papel diferente.

Krone-Schmalz es, indudablemente, una excepción entre los periodistas que escriben sobre la situación del Este de Europa, y es también una de los pocos que tratan de “entender” a Rusia.  En un debate con esta autora, el periodista Friedmann Kohler,  corresponsal de la agencia DPA, afirmó que la actual difusión de la prensa alemana sobre Ucrania parte de relatos “estereotipados.” Esto se relaciona, dijo, con “el gigantesco desmantelamiento de los empleos de los corresponsales en el exterior” que en los últimos años alcanzó a los principales vehículos de comunicación alemanes.  Un ejemplo citado fue el de que los periodistas alemanes en Rusia son inducidos muchas veces a hablar sobre temas que pretendían difundir, como la mafia rusa, por ejemplo, lo que hace que no tengan tiempo para profundizar en sus investigaciones.

Krone-Schmalz dice que hay una “enorme distancia entre opinión pública y opinión publicada,” y destaca la actitud de muchos periodistas que, “sin titubear ponen en duda la capacidad de juicio de toda la sociedad y se niegan a tomar en serio las protestas y las preocupaciones que se han enviado a los cuerpos editoriales de periódicos, radios y televisoras.”  El público que protesta contra la difusión unilateral y contra la guerra de propaganda se opone a la “escalada verbal” contra Rusia.

De acuerdo a ella, si alguien quisiese entender el marco de la crisis ucraniana, tendrá que hacer un esfuerzo para hacer una investigación cuidadosa que sitúe los acontecimientos en su debido lugar, de modo que no se llegue a una conclusión “prejuiciada.”  Una interpretación prejuiciada típica fue el episodio en el que el presidente ruso, Vladimir Putin, afirmó que “el derrumbe de la Unión Soviética fue el mayor desastre geopolítico desde la Segunda Guerra Mundial,” lo que se interpretó de inmediato como la manifestación de los “deseos imperialistas de Moscú.”

Además, si se trata de entender el significado de la observación de Putin, es necesario considerar la experiencia vivida por la población rusa en el último cuarto de siglo.  Con el desplome de la URSS, pasó por tres revoluciones: la transición de una economía planificada a una economía de mercado; la transición de un sistema comunista en sus estructuras constitucionales, en un país con once husos horarios; y la transición de la URSS como Estado nacional a la Federación Rusa.

Todo esto fue una tarea enorme, en un momento en el que Rusia necesitaba de la “ayuda amiga” de Occidente, pero, en lugar de esto, recibió ofertas de ayuda económica con condiciones fundadas en las teorías económicas liberales, que nada tienen que ver con la realidad rusa.  En su momento, el país no fue tratado como un “socio,” sino como “un caso de bancarrota.” Por ello, para el pueblo ruso, la última década del siglo pasado fue una pesadilla, una prueba permanente de resistencia.  Yeltsin, un oligarca, “no sólo permitió, sino que animó, la privatización de las industrias más importantes de Rusia, por medios de acuerdos bastante cuestionables.”

El resultado de ese proceso fue hundir en la miseria el país, muchas familias pasaron meses sin recibir ningún ingreso, con salarios atrasados y toda suerte de problemas.  Al mismo tiempo, la “élite financiera” exhibía un lujo bombástico, empeñada en comprar todo, desde vehículos de prensa hasta el mismo sistema judicial.  Las estructuras del Estado se desintegraron, las redes de corrupción y de delincuencia se expandieron.  “La exportación de tecnologías rusa, como el láser y los sistemas de vigilancia por satélite sufrieron boicots, mientras que las compañías occidentales se apoderaban del “know-how” a precios ridículos,” afirma la periodista.

La crisis de Ucrania

Krone-Schmalz habla también de una “percepción muy selectiva” respecto a Ucrania, con la cual sólo se puede ver lo que se quiere ver.  En un memorando interno enviado por el comité de programas de la ARD a sus colaboradores se criticó la persistencia de las “tendencias contra Rusia” en sus reportajes.  El documento afirmaba que había una omisión sistemática de explicaciones que podrían sacar a la luz el marco de ciertos hechos.

Sobre el escenario de la compleja historia de Ucrania, que por siglos fue la diana de “guerras de saqueo” con los países vecinos, Krone-Schmalz trata de explicar lo que dio inicio a la crisis del país.  Vista de forma superficial, la crisis se inició el 28 de noviembre de 2013, cuando el entonces presidente, Viktor Yanukovych rechazó un acuerdo de asociación con la Unión Europea (UE) que se había negociado durante años.  Ucrania, al borde de la bancarrota, recibió en ese entonces un préstamo de Rusia de 15 mil millones de dólares.  El resultado fue una convulsión social en la que la población expresó su disgusto con la corrupción de las élites y de las oligarquías ucranianas.  En la prensa alemana los acontecimientos de la Plaza Maidan se relataron de forma totalmente unilateral, con Rusia en el papel de “villano” desde el inicio.

Krone-Schmalz describe en su libro los detalles de los sucesos del 21 de febrero de 2014 de la Plaza Maidan, los que dejaron decenas de muertos y heridos. El ministro alemán de Relaciones exteriores, Frank-Walter Steinmeier, y sus colegas de Polonia y Francia llegaron ese día a Kiev, donde, luego de conversar con Yanukovich, lo convencieron de firmar un acuerdo con la oposición en el que se incluía la retirada de las de las calles y la realización de elecciones parlamentarias y presidenciales anticipadas en diciembre siguiente, lo que hasta entonces había rechazado.

Por su parte, la oposición se comprometía a dejar los predios que había ocupado.  Se regresaría, además, a la constitución de 2004, que daba menos poderes al presidente, y, posteriormente, se realizaría una reforma constitucional.  En este ínterin se elegiría un gobierno provisional, representativo de todas las fuerzas políticas del país.  Todo esto sería garantizado por la UE.

Yanukovych retiró las fuerzas policiales, pero no así las administraciones autónomas de los manifestantes de la Plaza Maidan, quienes no sólo decidieron no retirarse, sino atacar otras dependencias gubernamentales.  La situación comenzó a tornarse confusa.  Yanukovich huyó y fue derrocado por sus opositores el 22 de febrero.  Según los parlamentarios ucranianos, pocos minutos después, 328 de los 450 diputados acordaron (un cambio de régimen)- pero solamente 248 estaban presentes en el Parlamento en aquel momento.  En medio de la confusión, el Parlamento formó y ratificó un gobierno, aunque los diputados no tuvieron libre acceso a su local de trabajo.  Los diputados del Partido de las Regiones de Ucrania, sobre todo del Sur y del Este del país (que son históricamente afines a Rusia) fueron expulsados de sus curules por los opositores y los demás miembros del partido fueron intimidados por las masas furiosas para que se unieran por miedo a la oposición (hoy en el poder).

Según ella, la constitución vigente en ese entonces determinaba que el Parlamento tenía la oportunidad de remover a Yanukovich, antes de iniciar correctamente una nueva campaña presidencial:

Pero esto no sucedió.  Primero, el procedimiento exigido no se cumplió, lo que resultó evidente cuando se ignoró flagrantemente la exigencia de que hubiese al menos 3/4 de los votos para validar el nuevo gobierno.  Es decir, tenía que haber 338 votos favorables.  Alexander Turchynov, quien fue electo presidente del Parlamento durante el periodo de transición, firmó la Resolución 764-VII que destituía a Viktor Yanukovych de sus deberes presidenciales.  En términos legales, con todo, fue un “golpe,” para lo cual hay toda suerte de argumentos políticos.

Respecto a Crimea, la periodista afirmó en una entrevista a un periódico alemán que Occidente no hizo una evaluación adecuada del significado estratégico que esa región tenía para Rusia, por razones que van desde lo emotivo, hasta lo militar y lo geográfico.  También afirmó que las sanciones, que se justificaron con el argumento de que Rusia había violado el derecho internacional en Crimea, no fueron justas y sólo alcanzaron a las personas equivocadas.  La entrevista, curiosamente, jamás fue publicada por órdenes del director del consejo editorial del periódico, cuyo nombre no mencionó.

El error garrafal de la OTAN en su expansión rumbo al Este

La periodista destaca que en la primera mitad de la última década del siglo pasado se perdió la oportunidad de crear una nueva arquitectura de seguridad, en la que Rusia debería tener un lugar como sucesora de la URSS.  En lugar de esto, Occidente, sobre todo Estados Unidos, se consideró el único poder mundial prevaleciente al declararse victorioso de la Guerra Fría y, en consecuencia, podía sencillamente ignorar los intereses rusos.  La verdadera dificultad en las relaciones entre Occidente y Europa oriental, dice, “es y seguirá siendo la expansión de la OTAN hacia el Este.”

Esta política fue establecida por Estados UNIDOS EN 1993.  En 1997 se iniciaron negociaciones con Polonia, la República Checa y Hungría y, en marzo de 1999, esos estados se convirtieron en miembros de la OTAN.  En 2004 le tocó el turno a Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovenia y Eslovaquia.  Finalmente, en 2009, fueron Albania y Croacia las que se adhirieron a la alianza militar.  En entrevistas hechas por Krone-Schmalz, políticos alemanes calificaron esa expansión de la OTAN hacia el Este de ser “uno de los mayores errores desde la Segunda guerra mundial” –pero, cobardemente, se negaron a su publicación.

El 12 de marzo de 1999, mientras recibía a Polonia, la Republica Checa y Hungría, la OTAN iniciaba una serie de ataques aéreos contra Serbia.  “En las relaciones entre Rusia y Occidente, la importancia de Kosovo se debe reconocer adecuadamente.  Rusia tuvo que encarar la experiencia de que el Consejo de Seguridad (de Naciones Unidas) fue completamente ignorado, y de que a nadie de Occidente le importó en los más mínimo,” afirma Krone-Schmalz.

Para la visión rusa, los planes de Estados Unidos de instalar sistemas de defensa contra proyectiles en Polonia y en la República Checa fueron todavía más desastrosos.  Y, finalmente, llegó la cancelación unilateral por parte de Estados Unidos del Tratado contra proyectiles balísticos de 1972, en el cual este país había concertado con Rusia el desmantelamiento pleno de los sistemas de defensa contra proyectiles.

A pesar de toda su investigación, Krone-Schmalz ha sido calificada irónicamente de “Russland Versteher” (especialista en Rusia), así como ha ocurrido con muchos políticos alemanes que cuestionaban la campaña contra Rusia en la prensa.  No obstante, este calificativo habrá de ser correcto si miramos al futuro.  En su libro resume: “Si Rusia hubiese sido incluida en la solución del conflicto desde el primer momento, un hubiese habido condiciones para una guerra en el Este de Ucrania.  Pensar seriamente en una solución fundada en la federalización del país habría contribuido también a evitar la guerra, a partir del momento en que eso ofrecía a la poblaciones del Sur y del Este de Ucrania una seguridad y una perspectiva.”

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