Perverso “chicken game” en la península de Corea

Una imagen típica de la cultura popular estadounidense, inmortalizada en películas de Hollywood, es la de dos adolescentes que dirigen sus autos uno contra el otro a gran velocidad; el que se desvíe primero es el cobarde en este desafío conocido como “chicken game”, o gallina, símbolo de cobardía.

Lo que se observa en la península coreana es algo comparable en imprudencia: dos individuos con poder para llevar al mundo al borde de un conflicto nuclear. De un lado, Kim Jong-un ordena el lanzamiento de otro artefacto de su impresionante serie de proyectiles balísticos de largo alcance, el Hwasong-15, capaz, hasta donde se sabe, de alcanzar gran parte del territorio continental de Estados Unidos. Del otro lado, Donald Trump responde con otra andanza de maniobras en la vecina Corea del Sur, en las que participan gran parte de sus efectivos militares estacionados en este país y centenares de los aviones de combate más modernos. No se trata de datos aislados, los mencionados son los más recientes de una escalada de provocaciones mutuas que ya dura meses involucrando fuerza militar capaz de causar daños devastadores en toda la península coreana y en su vecindad.

Más aún, la responsabilidad mayor recae sobre Washington, aferrada al viejo vicio supremacista de la militarización de la política exterior y la búsqueda de un pretexto para justificar la expansión de la presencia militar estadounidense en la región, factor que se piensa utilizar para intimidar a una China cada vez más firme. Aunque este sea el entendimiento prevaleciente en la mayoría de las capitales del mundo, sólo Rusia y, en menor medida, China, se han manifestado de forma explícita al respecto.

En Moscú, el vice canciller, Serguei Riabkov, dijo claramente que “la situación se está agravando, el exceso de retórica belicosa frente a Pyongyang y los constantes ejercicios de Estados Unidos y Corea del Sur sólo alimentan esa tensión.” Según él, “todas las partes se deberían de abstener de dar pasos provocadores y tratar de establecer un diálogo sustancioso, y no amenazar a Corea del Norte con la destrucción total” (RT, 05/12/2017).

Para Riabkov, Estados Unidos “está perdiendo la capacidad de trabajar en la creación de una hoja de ruta” para el entendimiento internacional al respecto, y cada vez prefiere más presentar a la otra parte un hecho consumado. Tal tendencia, afirmó, no sólo resalta “la voluntad de dictar su voluntad política a otros miembros de la comunidad internacional,” sino que lleva a “reducir el grado de profesionalismo del servicio diplomático estadounidense.”

Lo cierto es que si los actos de Washington fuesen movidos por una intención legítima de solucionar el estancamiento con el régimen de Corea del Norte, el primer paso sería sacar del armario el acuerdo de cuatro partes negociado en el periodo de 1999-2000 entre las dos Coreas, Estados Unidos y Japón. En esa ocasión, junio de 2000, en una ceremonia comparada con la caída del Muro de Berlín, el presidente sur coreano Kim Dae-jung (1997-2003) viajó a Pyongyang para reunirse con el entonces líder norcoreano Kim Jong-il (padre de Kim Jong-un). De ese viaje surgió un acuerdo de cuatro puntos, para: 1) promover la reconciliación y la unificación coreana; 2) reducir las tensiones y promover la paz en la península; 3) ayudar a reunir a las familias separadas por la Guerra de Corea (1950-53); y 4) ampliar los intercambios económicos, culturales, sociales y de otra índole.

En ese ambiente, Corea del Norte aceptó someter su programa nuclear al Tratado de no Proliferación de Armas Nucleares (TNP), para poner bajo la supervisión de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA).

Por desgracia, el acuerdo no progresó antes de la llegada de George W. Bush a la Casa Blanca, en 2001, con su política exterior dominada por los venenosos “neoconservadores,” que ignoraron el acuerdo y pusieron a Corea del Norte en la lista del “eje del mal,” al lado de Irak, de Irán, de Siria y de Libia. Este hecho, agravado por la invasión de Irak y el trágico destino de su líder, Saddam Hussein, convenció a Pyongyang de que Estados Unidos no eran confiables y que la existencia de su régimen dependería de una convincente capacidad disuasoria nuclear. El abandono del TNP, en 2003, y el reinicio acelerado de un programa nuclear militar fueron consecuencias lógicas de ese plan de supervivencia del régimen.

El problema mayor es que, con esa atmósfera cargada, cualquier error de cálculo o incidente tiene el potencial para iniciar un incendio devastador, provocado por dos lunáticos comprometidos con un programa geopolítico, y además presumiendo de una virilidad que, a la luz de las pruebas, no tienen.

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