Despierta el alma de México

El devastador terremoto del 19 de septiembre, cuyas cifra de muertes se acerca a 400, dejando cientos de edificios, casas, escuelas, hospitales e iglesias destruidas, hundió a México en un manto de llanto y sufrimiento. Una desgracia natural provocada por el dislocamiento de poderosas placas tectónicas, desencadenó otro efecto inesperado, No es apenas una reacción natural de la población, hombres y mujeres, especialmente los jóvenes, saliendo en masa a las calles para ayudar desinteresadamente en las obras de rescate y apoyo a los damnificados, con las más variadas formas de asistencia. ¡No! fue algo más manifestado en múltiples acciones de solidaridad de la buena: del amor al prójimo. De la humilde anciana descalza quitándose el alimento de la boca para donarlo, al soldado llorando por la imposibilidad de salvar la vida de una madre y su hijo. Del sentido canto del himno nacional al rezo espontáneo bajo el amparo de Guadalupe, se escuchó el retumbar en el centro de la tierra mexicana del alma de su pueblo dolorido, pero esperanzado.

México, formado por designio divino, padece, desde su fundación como nación independiente, un constante choque entre los Sentimientos de la Nación, su alma profunda — definida por el Siervo de la Nación, el cura José María Morelos y Pavón — y los intentos de organización política imponiéndole una camisa de fuerza colonial para frenar el ímpetu de una nación que nació para ser grande, para ser una potencia, tal como ingenuamente se preguntó el rescatista japonés ante el vuelco de fraternidad de todo el pueblo.

No es solo el Tratado de Libre Comercio (el TLCAN), cumbre del librecambismo, impuesto a México por gobiernos, electos espuriamente, deslumbrados por las promesas de un Nuevo Orden Mundial surgido de las sangrientas aventuras bélicas en el Medio Oriente y cuyo resultado palpable fue tan solo la guerra y la miseria en que naufraga la humanidad presente. Son también los intentos del siglo XIX de imponer un sistema retoñado del Iluminismo y del derecho anglosajón, dividiendo al país entre liberales y conservadores cuya única ganancia fue la perdida de la mitad de nuestro territorio. Una democracia formal copiada de la experiencia norteamericana, generando la marginalidad de la mayoría de la población. Hemos sido sordos a las voces de Eduardo Prado en La Ilusión Americana, y el Ariel de José Enrique Rodo, quienes entonan nuestro mestizaje; preferimos intelectuales de alquiler prostituidos por Televisa y los otros medios de comunicación de masas, reflejando visiones extranjeras con desprecio por los ideales de la integración iberoamericana defendidos por los primeros.

Ahora esos jóvenes de una generación que parecía perdida en el individualismo, fueron llamados, por una desgracia natural, a encabezar las tareas de la reconstrucción nacional; de la reconstrucción del alma nacional. Descubrieron con su actitud de coraje solidario el significado profundo de la soberanía personal. En este contexto son inspiradoras las palabras del papa Juan Pablo II ante la Unesco en el año 1980, cuando definió el significado de la soberanía fundamente de las naciones:

“Soy hijo de una Nación que vivió las mayores experiencias de la historia, condenada repetidamente a muerte por sus vecinos, pero que continuó siendo ella misma. Conservó su identidad y conservó, a pesar de las fragmentaciones y de las ocupaciones del extranjero, su soberanía nacional, y no se apoyó en los recursos de la fuerza física sino únicamente en su cultura. Esta cultura reveló ser, entonces, de una potencia mayor que todas las otras fuerzas. Lo que digo aquí a propósito del derecho de la Nación al fundamento de su cultura y de su futuro no es por lo tanto el eco de ningún ‘nacionalismo’, sino que se trata siempre de un elemento estable de experiencia humana y de las perspectivas humanitarias del desarrollo del hombre. Existe una soberanía fundamental de la sociedad que se manifiesta en la cultura de la Nación.

“(…) Velen, por todos los medios a su alcance, por toda esta soberanía fundamental que posee cada Nación en virtud de su propia cultura. Protéjanla como a la niña de vuestros ojos para el futuro de la gran familia humana. Protéjanla. No permitáis, que esta soberanía fundamental se vuelva presa de algún interés político o económico. No permitáis que se vuelva víctima de totalitarismos, imperialismos o hegemonías, para los cuales el hombre no cuenta más que como objeto de dominio y no como sujeto de su propia existencia humana… ¿No es punto importante para el futuro de la cultura humana, importante sobre todos en nuestra época, cuando es tan urgente eliminar los remanentes del colonialismo?”.

La tarea parece ser ahora el dar cristiana sepultura a las estructuras políticas que asustan a la nación cual almas en pena; verdaderos zombis sin esperanza de redención, pero ávidas en aparentar vida. Sepultura, para abrir camino a la tarea de la reconstrucción de una nación con una economía de solidaridad y misericordia, congruente con la dignidad de la persona humana, diametralmente contraria a ese neoliberalismo también importado de los centros de poder mundial.

Comentários

comments

x

Check Also

Amenazas norteamericanas apoyan régimen de Venezuela

La amenaza de una intervención militar contra Venezuela realizada por Donald Trump, no es una ...