En México esgrimen el gran garrote ambiental contra el desarrollo

Los liderazgos políticos de México están comprometiendo el futuro del país, al aprobar una legislación ambiental que incorpora un gran potencial para imponer una serie de restricciones y costos adicionales innecesarios a las actividades productivas y al ordenamiento físico del territorio nacional -todo en nombre de una agenda ideológicamente motivada y promovida por intereses internacionales, totalmente ajenos a las aspiraciones y necesidades de desarrollo y progreso de la sociedad mexicana.

De hecho, es alarmante que, ni siquiera los representantes más responsables de la clase política, ni mucho menos la población en general, se hayan percatado de que una serie de iniciativas gubernamentales en el área ambiental hayan sido promovidas e implementadas bajo la influencia de poderosas Organizaciones No Gubernamentales (ONG) internacionales, cuyas líneas de acción responden exclusivamente a las directrices e intereses de sus mentores y patrocinadores, entre los cuales se encuentran grandes empresas y bancos transnacionales y agencias de gobiernos extranjeros. Entre aquellas propuestas destacan la recién aprobada Ley General de Cambio Climático y el Programa Nacional de Reservas de Agua.

Las más notorias de estas ONG son el capítulo mexicano del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF-México) y Greenpeace.

Por una ironía histórica, el verdadero carácter del ambientalismo internacional y sus intenciones para con México no podrían tener un símbolo mejor que el Premio Internacional de Conservación Teddy Roosevelt, concedido al presidente Felipe Calderón Hinojosa, por iniciativa de la Fundación del Caucus Conservacionista Internacional del Congreso de los EU (ICCF), en reconocimiento por su “liderazgo en asuntos ambientales”.

La atribución del nombre del presidente Theodore “Teddy” Roosevelt (1901-1909) a un trofeo vinculado al medio ambiente es emblemática de las motivaciones neocolonialistas de los promotores del ambientalismo internacional. Como se sabe, “Teddy” Roosevelt es venerado por los ambientalistas norteamericanos, por haber sido el primer jefe de Estado en institucionalizar la conservación de la naturaleza en las políticas de gobierno, con la creación de parques nacionales en los EU. Pero al mismo tiempo, fue el presidente norteamericano que consolidó, en la política exterior del país, el concepto de que el Hemisferio Occidental, y América Latina en particular, serían áreas de hegemonía incuestionable de EU, imponiéndola -cuando fuera necesario- por la fuerza militar, política bautizada como la del “gran garrote” (big stick).

Así, al aceptar el premio, el presidente Calderón recibió el símbolo de la imposición de un auténtico “garrotazo ambiental” en la política interna mexicana, renunciando a lo que debería ser una decisión plenamente soberana ya que se trata de una política ambiental que tendrá consecuencias cardinales para la reanudación, o no, del desarrollo del país.

La ICCF, con sede en Washington, fue creada en el año 2006, para funcionar como un brazo operativo del Caucus de Conservación Internacional del Congreso de EU, fundado en el 2003. La idea para premiar a Calderón partió de cuatro de las principales ONG ambientalistas internacionales -Conservation International, The Nature Conservancy, Wildlife Conservation Society y WWF, las cuales mantienen representantes en el consejo asesor de la entidad. ¿Por qué tanta disntinción? Como resultado de la activa participación del WWF-México en la imposición de una rígida política ambiental, como se constata en el Programa Nacional de Reservas de Agua, no sorprende, pues, que Calderón haya sido elegido para recibir el premio.

Una ley imprudente

La Ley General de Cambio Climático, aprobada en el último periodo de sesiones por una abrumadora mayoría en la Cámara de Diputados (280 votos a favor, 10 en contra y una abstención) y en el Senado (78 votos a favor), fue bienvenida como la primera de su clase entre los países en desarrollo, “con lo que el país se posiciona en el selecto grupo de naciones que están dando pasos decididos e innovadores contra los cambios climáticos”. Y dicen que para esto sirve ser miembro (claro de segunda clase) de la OECD.

“Con esta nueva ley, México se suma al Reino Unido, para ser los únicos dos países que, hasta ahora, aprobaron legislaciones ambiciosas e integrales sobre los cambios climáticos…el WWF aplaude el liderazgo global de México en materia de cambios climáticos. La nueva legislación coloca al país en el rumbo de una economía de bajo carbono y dará una contribución real para enfrentar la crisis climática en el ámbito global”, señala el boletín de prensa de la ONG, divulgado el pasado 24 de abril.

De acuerdo con los términos de la Ley, México se compromete, entre otros objetivos a:

-reducir sus emisiones de carbono en 50% hacia el año 2050, con apoyo internacional;

-generar 35% de su energía de fuentes “limpias”, hacia el 2024;

-hacer económicamente competitivas las energías renovables, hacia el 2020;

-eliminar gradualmente los subsidios a los combustibles fósiles;

-crear un fondo de cambios climáticos y un Instituto Nacional de Ecología y Cambios Climáticos.

Todo el alcance de la Ley se orienta hacia la promoción de la llamada “economía de bajo carbono”, un mero eufemismo para reducir el uso de combustibles fósiles (petróleo, gas natural y carbón mineral) en la matriz energética, bajo el pretexto de que las emisiones de carbono de origen humano estarían influenciando los cambios climáticos a escala global.

Aunque sea ampliamente aceptada más que nada por los medios de propaganda, y haya sido aprobada sin cuestionamientos por los legisladores mexicanos, semejante formulación padece de dos problemas cruciales.

¿Dónde están las evidencias?

El primero es que, a pesar de todo el escándalo promovido al respecto, no existe evidencia física alguna que permita afirmar que los cambios climáticos globales, ocurridos desde la Revolución Industrial del siglo XVIII, sean anómalos en relación a los ocurridos anteriormente, en el pasado histórico y geológico- anomalías que, si ocurriesen, caracterizarían la influencia humana.

Aunque la influencia humana en el clima de las ciudades y sus periferias
sea conocida desde hace mucho -el llamado efecto de “isla de calor”-, lo mismo no se observa a escala planetaria. Para que la acción humana se manifestase en el clima global, sería necesario que, en los dos últimos siglos, hubieran ocurrido niveles inusitadamente altos de temperatura y niveles del mar y, principalmente, que sus tasas de variación (gradientes) fuesen mayores que las verificadas anteriormente.

A lo largo de la época geológica conocida como Holoceno, los últimos 12 mil años en que la Civilización humana ha existido, hubo períodos con temperaturas y niveles del mar más altos que los actuales. En el Holoceno Medio, hace 5 000-6 000 años, las temperaturas medias llegaron a ser 3-4 grados centígrados superiores a las actuales, así como los niveles del mar llegaron a ser 3 metros por arriba del actual.

En cuanto a la tasa de variación de estos indicadores, no se observa alguna aceleración anormal de ella en los dos últimos siglos. Al contrario, en los últimos 20 000 años, desde el inicio del deshielo de la última glaciación, hubo períodos en que las variaciones de temperaturas y niveles del mar llegaron a ser hasta una orden de magnitud más rápidas que las verificadas en el período industrial de la humanidad. Si no, veamos.

El informe del 2007 del Panel Intergubernamental de Cambios Climáticos (IPCC), hace referencia sobre el asunto y establece que el aumento de la temperatura media global observado entre los años 1850-2000 fue de 0.8 grados centígrados, y que el nivel del mar subió 0.2 metros entre los años 1870-2000. Estos números representan tasas medias aproximadas, respectivamente, de 0.56 grados centígrados y 0.15 metros por siglo.

Mientras tanto, entre 12 000 y 11 600 años atrás, ocurrió un súbito período de frío extremo, denominado Dryas Reciente, que afectó gran parte del planeta. Al inicio de este período, las temperaturas cayeron cerca de 7-8 grados centígrados en menos de 50 años y, al termino de el, volvieron a subir en la misma proporción, en poco más de medio siglo. Tales variaciones equivalen a una tasa de cerca de 15 grados centígrados por siglo -¡26 veces más rápida que la observada desde el siglo XIX!

En cuanto al nivel del mar, este subió cerca de 120 metros, entre 18 000 y 6 000 años atrás, lo que equivale a una tasa media de 1 metro por siglo, suficiente para impactar visualmente a las generaciones sucesivas de las poblaciones que habitaban las márgenes continentales.

En determinado período, esta elevación se dio a un ritmo todavía más acelerado, como lo demuestra un equipo internacional de científicos del Centro Europeo de Investigaciones y Enseñanza de Geociencias Ambientales (CEREGE), en un estudio publicado en la revista Nature del 8 de marzo del 2012. Estudiando datos de arrecifes de coral en el Océano Pacífico Sur, constataron que, en un período de solamente 350 años, entre 14 650 años y 14 300 años atrás, los niveles del mar a lo largo de Tahití se elevaron cerca de 14 metros, fenómeno considerado por los autores como “uno de los más notables eventos climáticos de los últimos 20 000 años”. Tal variación corresponde a una tasa de 4 metros por siglo -¡28 veces más rápida que la constatada desde el siglo XIX, según el informe del IPCC!

Como en aquel período, los únicos combustibles usados por el hombre eran el estiércol y la leña, obviamente, no hay manera de atribuirlos a nuestros antepasados. Es decir, ante semejantes variaciones, una orden de magnitud superior a las verificadas después de la Revolución Industrial, en términos estrictamente científicos, no hay como se puedan atribuir estas últimas al uso de los combustibles fósiles.

Tales datos representan tan solo una ínfima fracción de las evidencias proporcionadas por, literalmente, miles de estudios realizados en todos los continentes, por científicos de decenas de países, debidamente publicados en la literatura científica internacional. Desafortunadamente, es raro que algunos de estos estudios gane repercusión en la prensa, siempre más interesada en la promoción del alarmismo inconsecuente.

Descarbonización = retroceso económico

El segundo elemento a ser considerado es, pues, que la agenda propuesta de “descarbonización” de la economía es una seudo-solución para un problema inexistente. No obstante, si fuera mantenida, por la fuerza de la inercia obtenida por la agenda “calientista”, no tendría ningún efecto sobre el clima, pero produciría impactos potencialmente catastróficos en la economía mexicana, por los obstáculos técnicos y los altos costos de una eventual substitución forzada de los combustibles fósiles en la matriz energética del país. Los únicos beneficiarios serían los participantes de la plétora de actividades que involucran a los intrínsecamente inútiles mercados de carbono, incluyendo a especuladores financieros, que tendrían a disposición el “aire caliente” necesario para inflar una nueva burbuja especulativa ( y un nuevo riesgo para las ya de por si lastimadas finanzas nacionales y globales).

En cuanto a la matriz energética mexicana, el siguiente cuadro proporciona una evaluación de la participación porcentual de cada fuente.

México -matriz energética (AIE, 2009)

Energía Primaria
%
Generación de electricidad
%
Petróleo
56.7
Gas natural
53.4
Gas natural
27.8
Petróleo
16.5
Biocombustibles y biomasa
4.8
Carbón y turba
12.3
Carbón y turba
4.4
Hidroeléctrica
10.3
Geotérmica, solar y eólica
3.4
Nuclear
4.1
Nuclear
1.6
Geotérmica, solar y eólica
2.5
Hidroeléctrica
1.3
Biocombustibles
0.8

Como se puede observar, en 2009, los combustibles fósiles respondían por nada menos que el 88.9% de la energía primaria consumida en México, además del 82.2% de la generación de electricidad. Ante semejantes números, no es difícil percibir las dificultades de promover cualquier reducción significativa de estas proporciones, en los plazos relativamente limitados contemplados por la Ley General de Cambio Climático -hasta considerando que esto fuese realmente necesario.

La situación es todavía más relevante en el caso de la generación de electricidad, toda vez que las plantas termoeléctricas junto con las hidroeléctricas y nucleares, constituyen las únicas fuentes usadas en todo el mundo para la llamad generación de base -el abastecimiento continuo, que no puede depender de fuentes intermitentes, como la eólica o solar.

Por eso, estas últimas solamente se justifican para abastecimientos puntuales y complementarios a las fuentes de base (la llamada generación de punta). Y, aún así, su viabilidad económica depende de onerosos subsidios -los cuales han sido sistemáticamente reducidos por los gobiernos de la Unión Europea, que habían depositado grandes expectativas en tales fuentes (incluyendo, el Reino Unido, alabado por el WWF como co-líder “verde” global, junto con México, y donde se manifiesta una creciente oposición popular, empresarial y política a la generación eólica, por su ineficiencia y altos costos).

En pocas palabras: no hay como abastecer de electricidad a sociedades urbanizadas e industrializadas con energía eólica, solar, geotérmica y otras modalidades “alternativas”.

Irónicamente, a finales del 2011, el actual gobierno federal anunció la cancelación de los planes para la construcción de 10 nuevas plantas nucleares, con la intención de substituirlas por ¡termoeléctricas a gas natural!

Y, en cuanto a la construcción de nuevas hidroeléctricas, como la de La Parota y otras, han sido obstaculizadas por una insidiosa acción de pinzas: Por un lado, las limitaciones presupuestales impuestas por la ortodoxia financiera, del otro, la actividad de los movimientos ambientalistas e indigenistas internacionales, aliados a sus representantes locales.

En síntesis, si las directrices de la Ley General de Cambio Climático fueran, efectivamente implementadas, lejos de encabezar al mundo en el rumbo de la construcción de una “economía verde”, México, podría, esto si, ofrecer un bizarro ejemplo de una nación que optó por cometer un virtual retroceso socioeconómico, golpeándose a si misma con un “garrote verde”.

Los liderazgos políticos de México están comprometiendo el futuro del país, al aprobar una legislación ambiental que incorpora un gran potencial para imponer una serie de restricciones y costos adicionales innecesarios a las actividades productivas y al ordenamiento físico del territorio nacional -todo en nombre de una agenda ideológicamente motivada y promovida por intereses internacionales, totalmente ajenos a las aspiraciones y necesidades de desarrollo y progreso de la sociedad mexicana.

De hecho, es alarmante que, ni siquiera los representantes más responsables de la clase política, ni mucho menos la población en general, se hayan percatado de que una serie de iniciativas gubernamentales en el área ambiental hayan sido promovidas e implementadas bajo la influencia de poderosas Organizaciones No Gubernamentales (ONG) internacionales, cuyas líneas de acción responden exclusivamente a las directrices e intereses de sus mentores y patrocinadores, entre los cuales se encuentran grandes empresas y bancos transnacionales y agencias de gobiernos extranjeros. Entre aquellas propuestas destacan la recién aprobada Ley General de Cambio Climático y el Programa Nacional de Reservas de Agua.

Las más notorias de estas ONG son el capítulo mexicano del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF-México) y Greenpeace.

Por una ironía histórica, el verdadero carácter del ambientalismo internacional y sus intenciones para con México no podrían tener un símbolo mejor que el Premio Internacional de Conservación Teddy Roosevelt, concedido al presidente Felipe Calderón Hinojosa, por iniciativa de la Fundación del Caucus Conservacionista Internacional del Congreso de los EU (ICCF), en reconocimiento por su “liderazgo en asuntos ambientales”.

La atribución del nombre del presidente Theodore “Teddy” Roosevelt (1901-1909) a un trofeo vinculado al medio ambiente es emblemática de las motivaciones neocolonialistas de los promotores del ambientalismo internacional. Como se sabe, “Teddy” Roosevelt es venerado por los ambientalistas norteamericanos, por haber sido el primer jefe de Estado en institucionalizar la conservación de la naturaleza en las políticas de gobierno, con la creación de parques nacionales en los EU. Pero al mismo tiempo, fue el presidente norteamericano que consolidó, en la política exterior del país, el concepto de que el Hemisferio Occidental, y América Latina en particular, serían áreas de hegemonía incuestionable de EU, imponiéndola -cuando fuera necesario- por la fuerza militar, política bautizada como la del “gran garrote” (big stick).

Así, al aceptar el premio, el presidente Calderón recibió el símbolo de la imposición de un auténtico “garrotazo ambiental” en la política interna mexicana, renunciando a lo que debería ser una decisión plenamente soberana ya que se trata de una política ambiental que tendrá consecuencias cardinales para la reanudación, o no, del desarrollo del país.

La ICCF, con sede en Washington, fue creada en el año 2006, para funcionar como un brazo operativo del Caucus de Conservación Internacional del Congreso de EU, fundado en el 2003. La idea para premiar a Calderón partió de cuatro de las principales ONG ambientalistas internacionales -Conservation International, The Nature Conservancy, Wildlife Conservation Society y WWF, las cuales mantienen representantes en el consejo asesor de la entidad. ¿Por qué tanta disntinción? Como resultado de la activa participación del WWF-México en la imposición de una rígida política ambiental, como se constata en el Programa Nacional de Reservas de Agua, no sorprende, pues, que Calderón haya sido elegido para recibir el premio.

Una ley imprudente

La Ley General de Cambio Climático, aprobada en el último periodo de sesiones por una abrumadora mayoría en la Cámara de Diputados (280 votos a favor, 10 en contra y una abstención) y en el Senado (78 votos a favor), fue bienvenida como la primera de su clase entre los países en desarrollo, “con lo que el país se posiciona en el selecto grupo de naciones que están dando pasos decididos e innovadores contra los cambios climáticos”. Y dicen que para esto sirve ser miembro (claro de segunda clase) de la OECD.

“Con esta nueva ley, México se suma al Reino Unido, para ser los únicos dos países que, hasta ahora, aprobaron legislaciones ambiciosas e integrales sobre los cambios climáticos…el WWF aplaude el liderazgo global de México en materia de cambios climáticos. La nueva legislación coloca al país en el rumbo de una economía de bajo carbono y dará una contribución real para enfrentar la crisis climática en el ámbito global”, señala el boletín de prensa de la ONG, divulgado el pasado 24 de abril.

De acuerdo con los términos de la Ley, México se compromete, entre otros objetivos a:

-reducir sus emisiones de carbono en 50% hacia el año 2050, con apoyo internacional;

-generar 35% de su energía de fuentes “limpias”, hacia el 2024;

-hacer económicamente competitivas las energías renovables, hacia el 2020;

-eliminar gradualmente los subsidios a los combustibles fósiles;

-crear un fondo de cambios climáticos y un Instituto Nacional de Ecología y Cambios Climáticos.

Todo el alcance de la Ley se orienta hacia la promoción de la llamada “economía de bajo carbono”, un mero eufemismo para reducir el uso de combustibles fósiles (petróleo, gas natural y carbón mineral) en la matriz energética, bajo el pretexto de que las emisiones de carbono de origen humano estarían influenciando los cambios climáticos a escala global.

Aunque sea ampliamente aceptada más que nada por los medios de propaganda, y haya sido aprobada sin cuestionamientos por los legisladores mexicanos, semejante formulación padece de dos problemas cruciales.

¿Dónde están las evidencias?

El primero es que, a pesar de todo el escándalo promovido al respecto, no existe evidencia física alguna que permita afirmar que los cambios climáticos globales, ocurridos desde la Revolución Industrial del siglo XVIII, sean anómalos en relación a los ocurridos anteriormente, en el pasado histórico y geológico- anomalías que, si ocurriesen, caracterizarían la influencia humana.

Aunque la influencia humana en el clima de las ciudades y sus periferias
sea conocida desde hace mucho -el llamado efecto de “isla de calor”-, lo mismo no se observa a escala planetaria. Para que la acción humana se manifestase en el clima global, sería necesario que, en los dos últimos siglos, hubieran ocurrido niveles inusitadamente altos de temperatura y niveles del mar y, principalmente, que sus tasas de variación (gradientes) fuesen mayores que las verificadas anteriormente.

A lo largo de la época geológica conocida como Holoceno, los últimos 12 mil años en que la Civilización humana ha existido, hubo períodos con temperaturas y niveles del mar más altos que los actuales. En el Holoceno Medio, hace 5 000-6 000 años, las temperaturas medias llegaron a ser 3-4 grados centígrados superiores a las actuales, así como los niveles del mar llegaron a ser 3 metros por arriba del actual.

En cuanto a la tasa de variación de estos indicadores, no se observa alguna aceleración anormal de ella en los dos últimos siglos. Al contrario, en los últimos 20 000 años, desde el inicio del deshielo de la última glaciación, hubo períodos en que las variaciones de temperaturas y niveles del mar llegaron a ser hasta una orden de magnitud más rápidas que las verificadas en el período industrial de la humanidad. Si no, veamos.

El informe del 2007 del Panel Intergubernamental de Cambios Climáticos (IPCC), hace referencia sobre el asunto y establece que el aumento de la temperatura media global observado entre los años 1850-2000 fue de 0.8 grados centígrados, y que el nivel del mar subió 0.2 metros entre los años 1870-2000. Estos números representan tasas medias aproximadas, respectivamente, de 0.56 grados centígrados y 0.15 metros por siglo.

Mientras tanto, entre 12 000 y 11 600 años atrás, ocurrió un súbito período de frío extremo, denominado Dryas Reciente, que afectó gran parte del planeta. Al inicio de este período, las temperaturas cayeron cerca de 7-8 grados centígrados en menos de 50 años y, al termino de el, volvieron a subir en la misma proporción, en poco más de medio siglo. Tales variaciones equivalen a una tasa de cerca de 15 grados centígrados por siglo -¡26 veces más rápida que la observada desde el siglo XIX!

En cuanto al nivel del mar, este subió cerca de 120 metros, entre 18 000 y 6 000 años atrás, lo que equivale a una tasa media de 1 metro por siglo, suficiente para impactar visualmente a las generaciones sucesivas de las poblaciones que habitaban las márgenes continentales.

En determinado período, esta elevación se dio a un ritmo todavía más acelerado, como lo demuestra un equipo internacional de científicos del Centro Europeo de Investigaciones y Enseñanza de Geociencias Ambientales (CEREGE), en un estudio publicado en la revista Nature del 8 de marzo del 2012. Estudiando datos de arrecifes de coral en el Océano Pacífico Sur, constataron que, en un período de solamente 350 años, entre 14 650 años y 14 300 años atrás, los niveles del mar a lo largo de Tahití se elevaron cerca de 14 metros, fenómeno considerado por los autores como “uno de los más notables eventos climáticos de los últimos 20 000 años”. Tal variación corresponde a una tasa de 4 metros por siglo -¡28 veces más rápida que la constatada desde el siglo XIX, según el informe del IPCC!

Como en aquel período, los únicos combustibles usados por el hombre eran el estiércol y la leña, obviamente, no hay manera de atribuirlos a nuestros antepasados. Es decir, ante semejantes variaciones, una orden de magnitud superior a las verificadas después de la Revolución Industrial, en términos estrictamente científicos, no hay como se puedan atribuir estas últimas al uso de los combustibles fósiles.

Tales datos representan tan solo una ínfima fracción de las evidencias proporcionadas por, literalmente, miles de estudios realizados en todos los continentes, por científicos de decenas de países, debidamente publicados en la literatura científica internacional. Desafortunadamente, es raro que algunos de estos estudios gane repercusión en la prensa, siempre más interesada en la promoción del alarmismo inconsecuente.

Descarbonización = retroceso económico

El segundo elemento a ser considerado es, pues, que la agenda propuesta de “descarbonización” de la economía es una seudo-solución para un problema inexistente. No obstante, si fuera mantenida, por la fuerza de la inercia obtenida por la agenda “calientista”, no tendría ningún efecto sobre el clima, pero produciría impactos potencialmente catastróficos en la economía mexicana, por los obstáculos técnicos y los altos costos de una eventual substitución forzada de los combustibles fósiles en la matriz energética del país. Los únicos beneficiarios serían los participantes de la plétora de actividades que involucran a los intrínsecamente inútiles mercados de carbono, incluyendo a especuladores financieros, que tendrían a disposición el “aire caliente” necesario para inflar una nueva burbuja especulativa ( y un nuevo riesgo para las ya de por si lastimadas finanzas nacionales y globales).

En cuanto a la matriz energética mexicana, el siguiente cuadro proporciona una evaluación de la participación porcentual de cada fuente.

México -matriz energética (AIE, 2009)

Energía Primaria
%
Generación de electricidad
%
Petróleo
56.7
Gas natural
53.4
Gas natural
27.8
Petróleo
16.5
Biocombustibles y biomasa
4.8
Carbón y turba
12.3
Carbón y turba
4.4
Hidroeléctrica
10.3
Geotérmica, solar y eólica
3.4
Nuclear
4.1
Nuclear
1.6
Geotérmica, solar y eólica
2.5
Hidroeléctrica
1.3
Biocombustibles
0.8

Como se puede observar, en 2009, los combustibles fósiles respondían por nada menos que el 88.9% de la energía primaria consumida en México, además del 82.2% de la generación de electricidad. Ante semejantes números, no es difícil percibir las dificultades de promover cualquier reducción significativa de estas proporciones, en los plazos relativamente limitados contemplados por la Ley General de Cambio Climático -hasta considerando que esto fuese realmente necesario.

La situación es todavía más relevante en el caso de la generación de electricidad, toda vez que las plantas termoeléctricas junto con las hidroeléctricas y nucleares, constituyen las únicas fuentes usadas en todo el mundo para la llamad generación de base -el abastecimiento continuo, que no puede depender de fuentes intermitentes, como la eólica o solar.

Por eso, estas últimas solamente se justifican para abastecimientos puntuales y complementarios a las fuentes de base (la llamada generación de punta). Y, aún así, su viabilidad económica depende de onerosos subsidios -los cuales han sido sistemáticamente reducidos por los gobiernos de la Unión Europea, que habían depositado grandes expectativas en tales fuentes (incluyendo, el Reino Unido, alabado por el WWF como co-líder “verde” global, junto con México, y donde se manifiesta una creciente oposición popular, empresarial y política a la generación eólica, por su ineficiencia y altos costos).

En pocas palabras: no hay como abastecer de electricidad a sociedades urbanizadas e industrializadas con energía eólica, solar, geotérmica y otras modalidades “alternativas”.

Irónicamente, a finales del 2011, el actual gobierno federal anunció la cancelación de los planes para la construcción de 10 nuevas plantas nucleares, con la intención de substituirlas por ¡termoeléctricas a gas natural!

Y, en cuanto a la construcción de nuevas hidroeléctricas, como la de La Parota y otras, han sido obstaculizadas por una insidiosa acción de pinzas: Por un lado, las limitaciones presupuestales impuestas por la ortodoxia financiera, del otro, la actividad de los movimientos ambientalistas e indigenistas internacionales, aliados a sus representantes locales.

En síntesis, si las directrices de la Ley General de Cambio Climático fueran, efectivamente implementadas, lejos de encabezar al mundo en el rumbo de la construcción de una “economía verde”, México, podría, esto si, ofrecer un bizarro ejemplo de una nación que optó por cometer un virtual retroceso socioeconómico, golpeándose a si misma con un “garrote verde”.

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